0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLas conmemoraciones, como los nombres de las calles o las estatuas de las plazas, suelen explicar más cosas de la época que las promueve que de los personajes que pretenden homenajear. Con Ildefons Cerdà sucede exactamente eso. Durante décadas fue una figura discutida e incómoda. Hoy, en cambio, es objeto de un consenso casi unánime. Quizá no es solo que lo conocemos mejor; quizá es que, finalmente, hemos entendido qué pretendía.Este año, coincidiendo con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí –otro genio largamente incomprendido–, también proliferan los actos dedicados a Ildefons Cerdà, de cuya muerte se conmemora el 150.º aniversario. La coincidencia resulta reveladora. Durante muchos años parecía que Barcelona tuviera que elegir entre Cerdà y Gaudí, entre la racionalidad de los ingenieros y la creatividad de los arquitectos, como si orden e imaginación fueran incompatibles. Con el tiempo, sin embargo, la ciudad ha terminado por asumir que su grandeza nace precisamente del diálogo entre ambos. Mané EspinosaEl reconocimiento de Cerdà no parte de cero. Oriol Bohigas empezó a reivindicarlo con prudencia a finales de los años cincuenta. Más tarde, Fabián Estapé reeditó la Teoría general de la urbanización, se trasladaron sus restos al cementerio de Montjuïc y varias instituciones impulsaron exposiciones y estudios sobre su obra. Ahora, un monográfico en la Revista de Obras Públicas, coordinado por Pere Calvet, Pere Macias y Francesc Magrinyà, reivindica la contribución de la ingeniería a la construcción de la ciudad contemporánea. No es solo una reparación histórica. Es, sobre todo, la reivindicación de una determinada idea de ciudad.Ildefons Cerdà no fue solo ingeniero y topógrafo. Fue también el padre del urbanismo moderno, político pragmático y hombre de acción al servicio de los ideales de la Ilustración. Formaba parte de la misma generación que Laureà Figuerola, Pascual Madoz o Víctor Balaguer, convencida de que España tenía que derribar murallas, abandonar el oscurantismo e incorporarse a la modernidad.Barcelona ha acabado asumiendo que su grandeza nace del diálogo entre racionalidad y creatividadAquella modernidad descansaba sobre tres grandes pilares: la articulación de mercados interiores mediante infraestructuras y desarrollo urbano; la consolidación de un Estado de derecho fundamentado en la emancipación y la igualdad jurídica de los ciudadanos, y una fe ciega en el progreso gracias al uso de la razón, el avance de la ciencia y la tecnología.El Eixample es hijo de esta confianza. Tras sus manzanas con chaflanes existe una preocupación obsesiva por la salud pública, la ventilación, la luz, los espacios verdes, la movilidad y las condiciones de vida. Cerdà no dibujaba solo calles; imaginaba una nueva manera de habitar la ciudad y ejercer la ciudadanía. Sin embargo, la historia nunca es lineal. Cerdà encontró adversarios tanto entre los defensores del orden establecido como entre algunos de los arquitectos que acabarían dando forma a la Barcelona de hoy. En 1884, Fèlix Sardà i Salvany publicaba El liberalismo es pecado, defensa acérrima de la sociedad del Antiguo Régimen. Jacint Verdaguer contraponía las encinas de montaña a la “tropa de plátanos endomingada y jactanciosa” de la novedad isabelina. Por motivos bien diferentes, incluso los modernistas despreciaron el Eixample. Puig i Cadafalch lo calificó de “uno de los mayores horrores del mundo”, sucesión mecánica de calles que le recordaba nichos de un cementerio.La paradoja es bien conocida. Cerdà murió convencido de su fracaso. En 1875 el Eixample era aún una periferia inacabada, con calles a medio urbanizar y numerosos solares vacíos. Fueron justamente aquellos arquitectos –y la burguesía– que tanto habían criticado su retícula los que acabarían desarrollándola y convirtiéndola en referente internacional. Sin la ordenación y el pragmatismo de Cerdà no habría existido la Barcelona de Gaudí; pero sin la monumentalidad de Gaudí tampoco existiría la ciudad que hoy fascina al mundo.En un tiempo dominado por relatos maniqueos y confrontaciones estériles, Barcelona nos recuerda que las grandes ciudades no son fruto de un único genio, ni siquiera de dos, sino de la sucesión de generaciones que heredan, cuestionan y reformulan el legado de quienes las han precedido. Debemos a Cerdà el tablero; a cada generación, la partida.