El Papa ha pasado por Barcelona y Antoni Gaudí, en el centenario de su muerte, está un poco más cerca de los altares. El camino a la santidad no es fácil para un laico. El respaldo de una orden religiosa, de un movimiento eclesial poderoso o de la jerarquía de la iglesia diocesana es fundamental para saber que un creyente está definitivamente junto a Dios. Un monseñor vaticano solía ironizar con que el camino a la santidad se facilitaba en la medida en que el postulador necesitara abrir con los pies las puertas del Dicasterio para las Causas de los Santos. La tradición indica que cuantos más regalos se lleven en las manos –para los que integran la comisión que debe informar al Papa–, más cerca está el candidato de los altares.En el caso de Gaudí ha habido mucha lentitud. La jerarquía eclesial ha tardado en ponerse las pilas. Además, los llamados Mártires de la Cruzada han atascado el acceso a los altares del genial arquitecto. Juan Pablo II activó y priorizó beatificaciones masivas –ya van más de dos mil, de los cuales 11 son santos– y abolió la figura del fiscal de estas causas, el llamado abogado del diablo. León XIV tiene en cartera hacer llegar a los altares de una tacada a otras 80 víctimas de la persecución religiosa durante la Guerra Civil.De existir, el abogado del diablo quizá podría argüir que Gaudí de joven tonteó con el socialismo utópico y planeó dar usos civiles a complejos religiosos. Aseguran que en su época de estudiante proyectó con su compañero Eduard Toda convertir el monasterio benedictino de Poblet en una suerte de falansterio laico. También es conocida su colaboración en la Cooperativa Obrera Mataronense, un proyecto encargado por un industrial de profundas convicciones republicanas para buscar soluciones a los problemas de vivienda y escolarización de los obreros y sus familias.Salvados esos pecadillos de juventud, su vida fue de una austeridad extraordinaria. Paradójicamente, el Gaudí franciscano triunfó en el mundo de la arquitectura gracias al patrocinio de los Güell, una familia catalana que hizo fortuna con el tráfico de esclavos. Proyectó el Palau Güell, el Park Güell o la Cripta de la Colonia Güell, en Santa Coloma de Cervelló (Barcelona), donde sus mecenas trasladaron su Vapor Vell ante la inestabilidad social existente en Barcelona.La Sagrada Familia –al margen de los encargos de los Güell– nace precisamente con el fin de expiar los pecados de la desesperación social, para frenar la descristianización creciente, para reconciliar, en definitiva, a los hombres con Dios o, más bien, con el orden establecido. Ya en 1897, Gaudí terminó el Portal del Roser donde una escultura muestra la alianza entre las bombas y ciertos obreros díscolos, con la imagen de un demonio tentando con una bomba orsini a un anarquista.Los miedos del arquitecto se acrecentaron con el estallido de la Semana Trágica. Se disparaba el anticlericalismo. Ardieron y fueron saqueadas 80 dependencias eclesiales en Barcelona. Murieron 78 personas, de ellos tres eran religiosos y otros tres militares. La revuelta se saldó con cinco fusilamientos y 216 consejos de guerra tras las protestas contra el envío de tropas a un enclave minero y ferroviario en Marruecos, bendecido por la iglesia, en el que tenían intereses los Güell.Gaudí además de sus profundas convicciones religiosas era catalanista. Por ese motivo fue detenido durante unas horas y luego multado: se negó a hablar en castellano con unos policías el 11 de septiembre de 1924, cuando se dirigía a misa. Sucedió durante la dictadura de Primo de Rivera, un general al que los Güell, además de pagarle deudas de juego, ayudaron en su golpe de Estado. El genial arquitecto fue hijo, en definitiva, de una época convulsa: la de los templos expiatorios tras las grandes revueltas sociales. Recordatorios monumentales de la sumisión debida al viejo orden.