El hombre que decidió la forma de Barcelona no fue feliz. Y, sin embargo, logró construir su sueño. El autor del singular urbanismo de manzanas, patios de manzana, chaflanes y diagonales, ideado para que la ciudad pudiera crecer tras derribar sus murallas medievales, no disfrutó ni del respaldo de la ciudadanía ni del aplauso del público. Tampoco recibió el apoyo de su familia. Y ni siquiera fue justamente pagado por el Ayuntamiento de Barcelona —ni por el Gobierno Central, que fue quien le encargó el proyecto—. Su legado progresista, visionario y humanista tardó décadas, casi un siglo, en ser reconocido. Pero hoy Barcelona es, sustancialmente, la ciudad que vive en torno al Ensanche de Cerdà. Es su Diagonal la que fija quién vive por encima o por debajo de ella —con las connotaciones sociales, urbanas, económicas y hasta climáticas que eso implica—. Cerdà dibujó también el Paseo de Gracia, diseñado para unir el centro histórico con el entonces pueblo y hoy barrio de Gracia, que —con la calle Balmes— divide la trama urbana en derecha e izquierda del Ensanche. Es propio de los barceloneses quedar en una de esas calles con nombre de lugar: Londres, París, Córcega, Rosellón, Provenza, Mallorca, Valencia, Aragón… y dar la referencia: “mar o montaña”, para indicar si es en la parte alta de la calle o en la acera más baja. Así, Idelfons Cerdà (1815-1871) no sólo saneó, permitió crecer y ordenó la ciudad. También le construyó una identidad apoyándose en la geografía que la constriñe y la singulariza (el mar y la montaña). Logró la paradoja de densificar la urbe —que ya era de las más pobladas de Europa— esponjándola, gracias a los patios de manzana ideados como espacios públicos. Esos patios fueron, durante años, invadidos por el uso que les daban los propietarios de las viviendas de la manzana y, desde hace poco más de una década, el Ayuntamiento barcelonés los ha ido recuperando paulatinamente. Así, hoy existen 46 espacios rescatados de entre los 420 interiores de manzana que hay en Barcelona. Entre ellos, la Torre de les Aigües, en la calle Roger de Llúria, 56, Los jardines de Ermessenda de Carcassona, en la Calle Urgel, o el Jardín de Tete Montoliu, en el barrio de Sant Antoni, se han abierto al público. Muchos de esos jardines honran la memoria de mujeres que dedicaron su vida a aportar conocimientos en el ámbito de las ciencias, el arte, la enseñanza o la literatura. Así, la escritora Montserrat Roig tiene uno en la Calle Rosellón. La abadesa, impulsora de los monasterios en Cataluña, Emma de Barcelona, cuenta con un jardín infantil en la calle Comte de Borrell. En la Avenida Roma está el dedicado a Safo y la primera mujer que se doctoró en Matemáticas en la Universidad de Barcelona, María Assumpció Català i Poch, tiene su pequeño vergel en la calle Compte de Borrell. Nacido en Centellas (Barcelona) el 23 de diciembre de 1815, Idelfons Cerdà fue el cuarto hijo en una familia de seis hermanos. Estudió arquitectura, dibujo y náutica en la Escuela La Llotja, de Barcelona, y, más tarde, se convirtió en Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos en Madrid. Había comenzado, sin embargo, estudiando latín y filosofía en el seminario de Vic porque su padre quería que iniciara allí carrera eclesiástica. Contradecirlo le costó el apoyo económico de sus progenitores. Tampoco cuando creó su propia familia la vida careció de problemas. Casado con la pintora Clotilde Bosch, tuvo cuatro hijas. La más famosa, también llamada Clotilde, llegaría a ser concertista de Arpa —con el nombre Esmeralda Cervantes—. Clotilde, sin embargo, no era en realidad hija suya. Aunque Cerdà la reconoció, fue fruto de un adulterio que terminaría con su matrimonio 14 años después de la boda, en 1862. Muy poco después de que se aprobara el plan que lleva su nombre —Plan Cerdà (1859)— y que cambiaría el rostro de Barcelona para siempre. A pesar de tanta mala suerte, unos años antes, con la prematura muerte de su padre y sus dos hermanos, Cerdá recibió una herencia que le permitió abandonar su cargo en Obras Públicas y por eso pudo dedicar su fortuna, su tiempo y su afecto a esa voluntad suya urbanizadora. Esta palabra para él significaba organizar una ciudad sana, asequible, igualitaria, cómoda, rentable y segura. Eso hizo Cerdà. Aunque se alistó a la milicia nacional y llegó a ser diputado por Barcelona en la Cortes Españolas, como parte de una candidatura progresista, aunque llegó a actuar incluso como regidor en el Ayuntamiento de Barcelona, cuando pudo elegir dedicó su energía a escribir. Su Teoría de la construcción de las ciudades buscaba intentar solucionar los problemas de la concentración demográfica en las urbes tras el desarrollo de la industria. El texto contenía propuestas jurídicas —para la compensación económica de la reparcelación o para distribuir de manera justa los beneficios y los gastos del planeamiento entre propietarios—. Y tenía también recomendaciones higiénicas y sociales. Cerdà estudió las condiciones de vida de las clases desfavorecidas para buscar un urbanismo capaz de mejorarlas. En 1859, cuando finalmente se redactó el Plan Cerdà, había en Barcelona más de 50.000 obreros. Sólo un 5% estaba formado. En ese marco, el Gobierno de España impuso el Plan Cerdà, frente al proyecto radiocéntrico y monumental de Antoni Rovira i Trías, que ganó el concurso municipal. Por eso el Ensanche fue polémico a pesar de que era un plan lógico, visionario, igualitario y realizable. O tal vez precisamente por eso. El plan urbanístico proponía clasificar el territorio en vías y entrevías. En las primeras se centraría la movilidad, el arbolado —más de 100.000 árboles para obtener oxígeno y sombra—, el alumbrado y el mobiliario urbano. También las redes de servicios. En las manzanas, había espacio para la vida privada. Todas las viviendas recibían luz natural, sol y ventilación tal como establecían los avanzados movimientos higienistas de la época. En realidad, Cerdà defendía la naturalización de la ciudad: “ruralizar lo urbano y urbanizar lo rural” figura en su Teoría general de la Urbanización. Las islas —las manzanas—, sus jardines interiores y los chaflanes, en las esquinas, para favorecer el soleamiento de los pisos y la perspectiva del caminante, definen el trazado del Plan Cerdà. También los anchos de las calles, la previsión de crecimiento, las diagonales y las excepciones —los pasajes o calles más estrechas rompiendo de vez en cuando una manzana—. Es decir, el Plan Cerdà es una organización matemática precisa, pero humanizada con lo inesperado. Seguramente fue esa cualidad igualitaria y racionalista lo que encontró oposición en el Ayuntamiento y en los ciudadanos. Rovira i Trías había propuesto un Ensanche más cercano a la idea de un pequeño París, e incluso Ángel Joosep Baixeras se había inspirado en los bulevares del barón Haussmann, que era lo que prefería la burguesía barcelonesa. Tampoco los arquitectos apoyaron a Cerdà, precisamente porque era ingeniero. Así, el autor de la forma de Barcelona sufrió una campaña de desprestigio que cuestionaba su proyecto, su rigor y hata su catalanidad. Uno de los grandes cronistas de Barcelona, Lluis Permanyer, escribió en La Vanguardia que a Cerdà le negaron un monumento, que ya había diseñado Pedro Falqués. El alcalde Rius y Taulet no quiso implantarlo. Ni siquiera le compensaron con poner su nombre a una calle del entramado urbano, tal y como figuraba en las bases del concurso para ampliar la ciudad. Cerdà no tuvo plaza hasta 1960. Y cuando la tuvo, quedó fuera de la trama que él había diseñado. Idelfons Cerdà murió, hace 150 años, a los 61, arruinado y enfermo en el balneario de Caldas de Besaya, en Cantabria. Salvador Rueda, el principal impulsor de las súper manzanas que hoy reorganizan la peatonalización y circulación del Ensanche, escribió un libro sobre Cerdà en el que recordaba cómo, tras su muerte, el diario La Imprenta publicó una necrológica que rezaba: «El señor Cerdá era liberal y tenía talento, dos circunstancias que en España perjudican y suelen crear muchos enemigos...» Ni siquiera la fama que tiene España de enterrar bien se cumplió con Cerdà. Pero en 1970 el Colegio Oficial de Arquitectos de Cataluña logró que sus restos mortales fueran trasladados a Barcelona. Su sepultura, en el Cementerio de Montjuic, tiene la forma de un pedacito de la trama del Ensanche, atravesado por la diagonal, y con los patios de manzana despejados. Abiertos al público.