Una joven frente al espejo de su baño se aplica una capa de maquillaje impecable. En las redes sociales, miles de creadoras de contenido comparten este ritual bajo la etiqueta de la estética clean girl, un canon que exige piel de porcelana y cabellos perfectamente colocados.
Sin embargo, fuera de cámara, el fenómeno ha provocado que miles de personas, especialmente mujeres, hayan sentido la imperiosa necesidad de recurrir a la intervención médica: el uso de microinyecciones de toxina botulínica en el labio superior, conocido popularmente como bótox del bigote, se ha viralizado como el último truco para evitar que las gotas de sudor cuarteen la base de maquillaje durante los meses de verano.
La tendencia actual pasa por anular por completo una función fisiológica vital para encajar en el modelo de un cuerpo impermeable y plastificado.
Frente a esta tiranía de la asepsia y la sequedad absoluta, la Editorial Comisura acaba de publicar Sudor, un libro híbrido de la artista Mariela Sancari (Buenos Aires, 1976), afincada entre Barcelona y Ciudad de México, que a través de una propuesta que mezcla el ensayo crítico, el fragmento autobiográfico, la poesía y el archivo visual, desplaza el sudor del terreno de lo desagradable hacia una dimensión política, afectiva y común.







