Inmersos en plena obsesión por la perfección y dominados por la hegemonía del ‘clean look’, la moda utiliza la suciedad y la decadencia para cuestionar la idea de belleza normativa. Una forma de resistencia estética, social y política con la que liberarnos de la trampa de lo impecable

El barro nos iguala a todos. Metidos en pleno charco de lodo, no importa ni la clase social o económica, ni el género o la condición. Para ejemplo gráfico, las dos vitrinas que reciben al visitante en la exposición Dirty Looks. Desire and Decay in Fashion en el Barbican Centre de Londres. Cada una de ellas encierra un par de botas de agua, las clásicas Wellington de goma verde, que pertenecieron, respectivamente, a Kate Moss –y con las que se paseó por el Festival de Glastonbury a principios de los 20...

00 haciendo del trash más que un estilo, una filosofía de vida– y a la reina Isabel II –sus favoritas para recorrer los cotos privados de Balmoral, una cesión personal de su hijo Carlos III. Dos tótems convertidos en hallazgos arqueológicos que dicen mucho de la moda contemporánea. “Históricamente, la moda se ha caracterizado por una propuesta impecable, elegante y perfecta en la que no se tolera ninguna forma de suciedad o imperfección”, explica Karen Van Godtsenhoven, comisaria de la muestra.