En este ensayo de tintes autobiográficos la periodista británica Nathalie Olah rastrea con cierta ironía analítica la obsesión por el buen gusto que atraviesa las sociedades del capitalismo tardío. Un gusto que no se limita a los objetos o a la vestimenta, sino que actúa como termómetro de estatus, pertenencia y valor social. La performance estética que desplegamos a diario determina, según Olah, nuestras posibilidades de ascenso o derrumbe, tanto en el plano laboral como en el emocional. Para sostener esta idea, la autora acude a teóricos como Pierre Bourdieu o al Guy Debord de La sociedad del espectáculo, aunque cualquier timeline de una red social actual le sirva también como prueba irrefutable.

Olah hace un recorrido sugerente por los conceptos de “gusto” y “clase”, dos palabras que, según nos recuerda, han sufrido una evolución semántica hacia lo cuantitativo: el gusto, término que en su momento carecía de valor implícito, terminó convirtiéndose en la abreviatura de “buen gusto”. Ahora el gusto se tiene o no se tiene, y según esta lógica es cada vez más frecuente escuchar que una persona posee “poca clase”. Según la escritora británica, el gusto se ha transformado en una especie de etiqueta de aptitud, una calificación casi escolar que las redes sociales se encargan de repartir o negar.