El crítico y periodista de moda Eugene Rabkin, fundador y editor de la revista StyleZeitgeist, escribió hace dos años un texto en el que explicaba el motivo por el que quienes pertenecen a clases desfavorecidas se esfuerzan por vestir con elegancia. “La aspiración surge de la necesidad de demostrar constantemente que te has ganado tu lugar en la sociedad”. Opina que, por ello, los privilegiados son quienes no necesitan hacer de su armario un aliado para demostrar algo, precisamente porque no tienen nada que demostrar. “¿Para qué vestirte, entonces elegantemente?”, se pregunta. Su tesis es, en resumen, que vestir mal es un privilegio.
La experta en lujo Beatriz Carranza coincide al señalar que alejarse conscientemente del código dominante y vestir mal “a propósito” exige capital cultural: saber qué es lo que se está rompiendo y por qué. “En ese sentido, puede convertirse en una forma sofisticada de comunicar estatus, porque estás demostrando que no necesitas seguir las reglas para ser validado. No obstante, para que esta conducta tenga éxito, el contexto es esencial. Hay culturas y círculos sociales donde el vestir mal o no seguir un protocolo pulido puede ser tomado como una ofensa porque no muestra respeto hacia los anfitriones de la reunión”, advierte. “La ropa que no sigue las convenciones, o que directamente es percibida como fea, teniendo en cuenta las implicaciones subjetivas de este término, puede jugar en tu contra si no tienes detrás un contexto que respalde tu elección. En cambio, si lo hace alguien con poder o reconocimiento, se interpreta como audacia o ironía”, añade.






