Hablar de los ricos es, en sí mismo, un género increíblemente popular. El 1% ha sido desde siempre el blanco perfecto para el placer del despelleje. Desde revistas como ¡Hola! hasta series como Los ricos también lloran, Falcon Crest, Succession o recientemente la cuenta de parodia Gstaad Guy, los productos sobre el mundo del dinero han despertado nuestras bajas pasiones, y nos han aportado una mezcla de envidia malsana y de satisfacción por su mal gusto.
Sin embargo, estas representaciones hoy se están desplazando hacia una crítica más explícitamente política. El entretenimiento sobre ricos se ha convertido en una forma de activismo cultural. Un buen ejemplo es Blakely Thornton, creador de contenido que, desde el humor ácido, se dedica a desmontar las dinámicas supremacistas. En sus vídeos y publicaciones, Thornton no solo ridiculiza a algunos famosos ricos, sino que propone una separación clara entre quienes tienen valores y quienes simplemente venden una vibra. Su tesis es que en la economía cultural que vivimos, apoyar a figuras sin valores contribuye a normalizar la opresión.
Recientemente, el estadounidense sacó su guillotina virtual para señalar públicamente a los invitados famosos a la boda de Jeff Bezos y Lauren Sánchez en Venecia. La lista incluía a Kim Kardashian, Orlando Bloom, Sydney Sweeney (también en una criticada campaña de American Eagle), Oprah Winfrey, Leonardo DiCaprio o Usher. Todos ellos fueron etiquetados como trepas, cómplices de la oligarquía y perdedores en términos éticos. Para Thornton, su presencia legitima un sistema basado en la explotación representada por Bezos, dueño de Amazon. La crítica continúa cada vez que alguno de estos personajes lanza una nueva colección de moda, una marca de cosméticos o una campaña.






