Comen poco, ríen flojito y no se relacionan. Así fue como mi amiga definió un grupo de gente que sospechaba que era rica. Susurraban apartados en una esquina del salón donde se celebraba la boda; era a finales de junio, así que todos dimos barra libre a la euforia por la llegada del calor y el contrato matrimonial. Excepto aquellas cuatro personas vestidas de diseñador que habían decidido retirarse a un lado, sucumbidas a unos modales que, pese a sugerir educación preventiva, dejaban entrever una enfermiza celosía de la propia intimidad y una gran fantasía de control.
Al día siguiente, Barcelona seguía con su bochorno de siempre: los turistas. Atravesada por desfiles de móviles, gorras y pasos a ritmo caribeño que ya no sorprenden a nadie porque llevan años siendo vaticinados con manifestaciones y pintadas callejeras. Probablemente, esta sensación de asfixia no era compartida por aquellos pijos con los que la noche anterior no habíamos logrado cruzar mirada, porque para ellos éramos invisibles pese a hacer el baile del robot en medio del festejo.
Y es que, detrás del gran lamento por la guirilandia barcelonesa en verano, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿quiénes son los que la sufren? ¿Los que casi a diario atropellan a holandeses que no respetan los semáforos, o los que brindan en los reservados de restaurantes de etiqueta? ¿Los que les indican dónde está tal museo con muchas señas y poco inglés, o los que duermen la siesta en un velero amarrado en su cala privada?






