0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialNos hemos convertido en seres sudantes. Y eso no nos hace, precisamente, personas más seductoras o más agradables. A partir de media mañana, andar por la calle es verse rodeado de almas aturdidas por el calor, húmedas y brillantes. La sensación de levantarse de una silla y tener el traje mojado o quitarse la mochila y comprobar que la parte trasera está húmeda es francamente poco grata. Sorprende que, a estas alturas, todavía haya quien pueda pasear con americana y zapatos. Y paso vergüenza si, en algún momento, me cruzo con alguien que quiere darme dos besos o un abrazo... Nada más lejos de mi intención que tocar a una persona sudada. Àlex GarciaEl otro día expliqué que me había pasado el fin de semana con Haier y más de uno pensó que estaba con un amigo llamado Javi. Pero Haier es, en realidad, cómo se pronuncia el nombre de mi aparato de aire acondicionado. Estos días no hay mejor compañía. Haier y, he de salir por alguna urgencia, una ducha rápida al llegar a casa.El año pasado, por esta época, mi madre tuvo un ligero desvanecimiento que, entre otras cosas, atribuimos a la ola de calor de aquellos días. Le sugerí instalar aire acondicionado en el apartamento de la playa (yo ya tenía a Haier, mucho más potente que su antecesor. Me lo acababa de instalar). “¡Ni en broma! ¡No me hagas reír! Aquí nunca han hecho falta ventiladores ni aires”, dijo.Estos días no hay mejor compañía que el aire acondicionadoElla es así. El no siempre es la primera palabra que le sale de la boca. Y es verdad que nunca había hecho falta. Pero después, comentándolo con los vecinos de arriba para ver dónde se podrían pasar los conductos en caso de instalarlo, decidimos ponerlo a la vez en los dos apartamentos.“Ay, niña, suerte que te hice caso”, me dijo el otro día. “Este año no se puede ni desayunar fuera”. El apartamento está en primera línea de mar y uno de sus encantos es que salías por la mañana a tomar el café con leche en la terraza y podías quedarte clavado en esa mesa, mirando el mar, el resto del día. Este mes de julio esto ha pasado muy pocas veces.Según dice mi madre (yo no he hablado con ellos), los vecinos también están muy contentos de tener aire. “La lástima es que ahora nos quedamos todos encerrados en casa. Ya me dirás, vienes aquí para estar cerca del mar e ir a la playa y terminas en el apartamento y con las ventanas cerradas”.Estamos viviendo el síndrome del caracol, que se refugia en lugares frescos y se encierra en su caparazón para huir del calor y la sequía. Y solo la noche, la lluvia, la necesidad o una bajada de temperaturas que agradecemos como nunca habíamos agradecido nos sacan de casa.