Llevamos demasiado tiempo no solo viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, sino echándonos la culpa de todo los unos a los otros con o sin razón según nuestro sesgo

Llevo toda la semana con la maleta de las vacaciones abierta enmedio del pasillo para tropezarme con ella cada vez que paso e ir metiendo cosas según me voy acordando. Pues ya verás tú como al final se me olvidan las gafas. Sí, gafas, en plural, porque no necesito unas, sino varias. Las de lejos, las de cerca, las de lejos de sol, las de sol de cerca, y eso tirando por lo bajo. Mis coetáneos sabrán bien de lo que hablo. A estas alturas de la película, quien no tiene miopía o astigmatismo, tiene presbicia o cataratas, o todo junto, y somos muchos los que ni nos adaptamos a las lentes progresivas ni somos candidatos a esas cirugías que primero te prometen dejarte a cero dioptrías y luego a ver cómo te quedas. Así que así estamos muchos: buscando las lupas a tientas. En casa, te vas defendiendo repartiendo docenas de ellas por sitios estratégicos: el coche, el curro, la mesilla de noche, el salón, el baño, los bolsos. Pero fuera, la cosa se complica si quieres poder pasarte el día mirando al mar, soñé, viendo algo más que un manchurrón azul con gente bullendo dentro, y, a la vez, ver el calibre del clavo que te van a meter por un tinto de verano de bote en la lista de precios del chiringuito. Las que no se me van a olvidar, seguro, porque las llevo siempre puestas aunque vaya a pelo, son las gafas polarizadas. Y ese, precisamente, es mi reto del veraneo. Intentar quitármelas sin arrancarme los ojos.