Sin ser yo religiosa ni nada de eso, todos los principios de curso observo, rigurosa, idéntica liturgia. Me echo por encima el vestido más suelto del verano porque los vaqueros del invierno no me pasan de las corvas. Me cuelgo mi bolso de paja más raído por la solanera porque, solo de verlos, los formales de cuero me agobian que me muero. Me calzo mis sandalias de dedo porque el calzado cerrado me da claustrofobia. Me calo las gafas blancas de las vacaciones porque ya habrá tiempo de verlo todo negro. Y, así pertrechada para la batalla, vuelvo a tirarme a la selva del asfalto y el trabajo como si septiembre y sus condenas fueran con otra y no conmigo. Sé que es inútil. Una pataleta. La insumisión tonta de mantener unos días la ilusión de ser dueña de tu tiempo. De poder improvisar planes sin tener que programarlos con la certeza, además, de que muchos acabarán cancelándose. De vivir, en fin, con la cabeza alta y sin la agenda colgada a plomo del cuello. Es cierto que el ambiente ayuda. Los días siguen siendo largos y las noches cálidas. Los rostros y los cuerpos aún conservan el lustre y el buen ánimo que solo da el descanso más allá de la baja por agotamiento del fin de semana. Persiste en el aire un no sé qué de que aún no se ha acabado del todo lo que fuera que se daba. No todavía.
Mi bolso de paja
Todos los años me entra la misma pataleta: la tonta insumisión de mantener por unos días la ilusión de ser dueña de tu tiempo






