Hay personas que, a menudo por la escasez vivida en la infancia, mantienen una relación con el dinero basada en el miedo, sintiendo que la más mínima compra pone en riesgo su estabilidad. Planificar, presupuestar y permitir espacios para el disfrute sin culpa pueden ayudar a disipar ese sentimiento
Hace unos meses, Andrea, de 35 años, caminaba por una tienda de ropa cuando vio una chaqueta que le gustaba. Era de buena calidad, era de su talla y encajaba con su estilo, pero antes de tocarla pensó: “¿Realmente la necesito?”. Probablemente sí que la necesitaba. No obstante, la dejó, respiró hondo y se fue. Esta sencilla escena refleja un fenómeno que muchas personas como ella viven cada día: una especie de
html" data-link-track-dtm="">ansiedad crónica respecto al dinero, de sensación de vacío frente a los gastos, incluso aunque su situación financiera no sea precaria. Andrea se refiere a lo que le pasa como “mentalidad de pobre”, a pesar de que el nombre no le encanta. Hay quien habla de cicatriz de la escasez o simplemente de inseguridad económica. En definitiva, se trata de nunca conseguir sentirse seguro respecto a la propia economía.
Andrea necesita un rato y varios intentos para acertar a definir lo que le pasa. “Vale, podría decirse que económicamente no me va mal”, comienza. “Pero es como que todo el rato pienso que más me vale no desaprender esta mentalidad de pobre porque asumo que el estar cómoda económicamente es una cosa transitoria. Que yo realmente a donde pertenezco es a la clase baja y siempre voy a pertenecer a ella. En cualquier momento voy a volver a ser pobre”, afirma. “De hecho, veo más posible vivir debajo de un puente que comprarme un piso de tres habitaciones”, confiesa, con una mezcla de humor y sinceridad que desvela cuán arraigado está ese miedo en ella.






