Durante las semanas previas a la Navidad se intensifican las dificultades de algunas personas con el consumo compulsivo. Un bucle del que se puede salir pero que es complejo, pues lejos de ser solo un problema para el bolsillo tiene raíces emocionales
“Cuando desbloqueo el móvil para comprar algo, noto una mezcla de ansiedad y euforia. Me emociona mucho el proceso de elegir qué quiero, compararlo, mirar distintas páginas…”, cuenta Ana, de 34 años. “Después de realizar la compra, siento una mezcla de calma seguida, casi siempre, de culpa. Muchas veces me pasa que cuando el paquete llega, me emociona mucho abrirlo, pero después los remordimientos no me dejan disfrutarlo del todo”. La historia de Ana resume con precisión el ciclo que los psicólogos describen para las personas que no pueden controlar su consumo, más aún en épocas como el Black Friday y las semanas previas a la Navidad: anticipación, alivio momentáneo, culpa y repetición. Una secuencia que, lejos de ser solamente un problema para el bolsillo, tiene raíces emocionales más profundas.
La frontera entre disfrutar realizando unas cuantas compras y tener un problema con ellas es relativamente fácil de cruzar. “Hablamos de que existe un problema cuando se pierde el control y se experimentan consecuencias negativas persistentes”, explica la psicóloga María Bernardo. “Es decir, cuando este comportamiento tiene un impacto negativo en el día a día de la persona”. Entre los indicadores más habituales de que hay un trastorno, la experta menciona el hecho de comprar para regular emociones como el estrés, la tristeza o el vacío; los intentos fallidos de poner límites; el ocultar compras a las personas que nos rodean y mentir sobre los precios. También el sentimiento posterior de culpa o vergüenza.






