El techo de los dormitorios y de las habitaciones de hotel tiene algo de pantalla de cine donde, a partir de cierta edad, el diablo proyecta tu vida

Los mismos zapatos que por la mañana me vienen grandes por la tarde me aprietan. ¿Cómo me quedarán de muerto? Es un misterio lo del tamaño de los pies. Cambia con las horas, con el estado de ánimo y con la fuerza de la gravedad, que a lo largo del día acumula líquidos en la parte baja de cuerpo (por eso siempre hay que comprarse el calzado por la tarde, cuando los pies alcanzan su tamaño máximo). Tengo

itle="https://elpais.com/elpais/2018/02/14/opinion/1518610057_979698.html" data-link-track-dtm="">una relación semejante con la culpa, con los remordimientos. Los que me parecen controlables al mediodía se agigantan de madrugada hasta el punto de sacarme de entre las sábanas, pues a pie firme se aguantan mejor que en la posición supina, con los ojos abiertos en dirección al techo. El techo de los dormitorios y de las habitaciones de hotel tienen algo de pantalla de cine donde, a partir de cierta edad, el diablo proyecta la película de tu vida.

—¿Lo ves? —dice—, si me hubieras hecho caso aquí y aquí, si hubieras optado por esto en vez de por lo otro, si no hubieras salido a cenar aquella noche, si no tomaras carnes rojas, si me hubieras vendido el alma en su momento… Las almas se deprecian mucho cuando salen del concesionario, aparte de que ahora solo compro cuerpos.