En esos momentos en que uno de chaval sueña tumbado boca arriba con las manos en la nuca qué será de mayor, imaginaba si estaría dispuesto a darlo todo a cambio de que un día me sentara tan bien el esmoquin como a Clift

Me llevaron siendo muy chico a Zaragoza mi madre y mi tía para pasarme por el manto de la Virgen del Pilar, pero lo único que lograron fue que besara por detrás del retablo del altar la columna que sostiene la imagen por donde me habían precedido millones de besos hasta dejar una muesca profunda en el mármol. Como premio a mi buen comportamiento durante el viaje, ante mi insistencia al borde de las lágrimas, logré que la espera de la hora de salida del tren borreguero para volver a Valencia, la pasáramos viendo la película blanca, apta para todos los públicos, titulada Los ángeles perdidos, que ponían en el cine Argensola, en la que

ry-clift-100-anos-despues-mitos-y-verdades-del-suicidio-mas-largo-de-la-historia-de-hollywood.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/icon/2020-10-19/montgomery-clift-100-anos-despues-mitos-y-verdades-del-suicidio-mas-largo-de-la-historia-de-hollywood.html" data-link-track-dtm="">Montgomery Clift hacía de soldado yanqui que salvaba a un niño extraviado entre los escombros de Berlín de la posguerra para devolverlo a la civilización como una metáfora de la paz. No es que uno fuera un chico muy espabilado, pero en aquella película me llamó la atención la mirada hipnótica de este actor, que podía expresar odio y ternura, congoja y alegría con una sola veladura magnética de sus ojos grises sin hablar.