Confío en que los lectores de esta columna tengan suficiente edad como para saber quién hace la magia de la Navidad

El domingo, tras un expositor lleno de jerséis de cachemira me encontré dormido como un bebé a un anciano trajeado y con corbata. Un pincel durmiente. Apoyado sobre el manillar de su andador con asiento, parecía un penseur de franela. Lo rodeé como un dron para cerciorarme de que no estaba muerto y, después de comprobar que respiraba, colegí que seguramente su cuidadora le habría aparcado allí para poder terminar tareas. Hay un tramo antes de cualquier vacación —especialmente antes de aquellas en las que la logística de los regalos y las comidas opíparas lo complican todo— en el que

arget="_self" rel="" title="https://elpais.com/videos/2025-12-18/la-navidad-la-carga-que-asumen-casi-siempre-ellas.html" data-link-track-dtm="">muchas mujeres se enfrentan a una yincana demencial.

Personalizo en ellas porque confío en que los lectores de esta columna tengan suficiente edad como para saber que la magia de la Navidad en realidad son las madres, aquellas que llevan la carga mental de los menús, los presentes y todos los pequeños detalles brillosos y tintineantes que distinguen el Adviento de la Cuaresma. Tiene sentido: la Navidad es la fiesta familiar por excelencia y el mito familiar, tan burgués ergo doméstico, tan católico ergo patriarcal (por favor, enjuáguese la boca con champán cada vez que mañana alguien diga esta palabra), requiere de una mater amantísima. Pareciera sin embargo que las féminas en la exégesis capitalista del Evangelio fueran tomadas por la mula en lugar de la Virgen. Y no importa si en una casa hay “servicio”: esas también son mujeres.