La bondad pequeña nos emociona tanto porque responde al mismo asombro de que cada copo de nieve sea único
Es, tal vez, una de las epifanías que más me han ayudado a pensar la vida en relación con la literatura, dos frases escondidas en un libro titulado La gravedad y la gracia, de Simone Weil: “El mal imaginario es romántico y variado; el mal real es sombrío, monótono, estéril y aburrido. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, marav...
illoso, embriagador”.
La primera vez que leí esas líneas, sentí que mi inteligencia quedaba abrasada por una revelación tan sencilla como inaudita: la de la brecha que existe entre el mal literario y nuestra experiencia del mal real, entre el bien literario (sombrío, monótono, estéril y aburrido) y ese otro bien del que sabemos por experiencia que dependemos para la supervivencia más básica. A varias décadas de haberlo leído por primera vez, me sigue pareciendo asombroso que la literatura —especialmente la derivada de la revolución romántica, en cuya tradición seguimos hasta el cuello— haya errado de manera tan monumental la diana en su representación de la vida.
Tal vez por eso, el bien real nos emociona tanto más cuanto más minúsculo, porque es precisamente en su dimensión atómica, menos literaria, donde más se percibe su poder. El bien minúsculo (no confundir con el detalle, esa inclinación de gente sombría y por lo general estricta y puntillosa) responde al mismo asombro de que cada copo de nieve sea único. La comprensión, aunque solo sea parcial y momentánea, de la descomunal cantidad de belleza que pasa inadvertida genera en mí la seguridad de una semejante cantidad de bien, la convicción de que a todas esas innumerables bellezas ocultas, se corresponde un número igual de asombroso de invisibles gestos de bondad que constituyen la verdadera estructura del mundo.






