Diálogos, personajes y secuencias pobladas de mujeres sufrientes y abatidas que han sufrido la pérdida de lo que más amaban me pasman ante su ridiculez

No sé quién se inventa determinados términos, ni a qué intereses sirven, pero consiguen que todo dios (exagero; algunas personas sentimos alergia hacia ellos) los utilicen continuamente para explicar lo humano y lo divino. Especialmente la casta política. Y una parte notable de los medios de comunicación. Son expresiones como “el relato” y “la resiliencia”. Y respecto a los géneros artísticos,

on.html" data-link-track-dtm="">ahora se ha puesto de moda la autoficción.

En los últimos tiempos, las creaciones literarias y cinematográficas mal lo llevan en las ventas, en la taquilla y en la apreciación crítica si no son autoficciones. O sea, convertir intensas e íntimas experiencias personales en aparentes ficciones. Y si alguien en el mundo del cine es consciente, tributario y explotador de las nuevas modas, de lo que mola o va a molar en las distintas épocas, es Pedro Almodóvar.

Consecuentemente, recurre a la autoficción para hablarnos de un creador que vampiriza las experiencias íntimas y trágicas de su entorno más confidencial para inventar su nueva película. Eso deduzco viendo, escuchando y padeciendo Amarga Navidad. O igual es que no me he enterado de qué va el argumento, siendo todo intenso, dramático y pretendidamente complejo. Pero a mí solo me provoca tedio, perplejidad malsana; es otra exhibición de diseño en la que la tormenta de sentimientos también parece de diseño.