¿Habría sentido esa desesperación la tía de la protagonista de la película si su sobrina hubiera decidido estudiar ADE y echar 14 horas diarias como ‘junior’ en vez de hacerse monja?
Era invierno de 2021 y ese domingo nos había tocado ir al Monasterio de la Encarnación. Cuando empezamos a vivir en Ávila, mi pareja y yo comenzamos también a ir a misa, cada fin de semana a una Iglesia distinta. Acababa de terminar otra liturgia en la que le había obligado a sentarnos lo más atrás posible, no me había levantado ni una vez del banco y tampoco había probado a recitar ni una sola de las oraciones....
Tras la bendición del sacerdote, la mayoría de feligreses salieron del templo, pero unos pocos se dirigieron hasta una capilla situada en la nave lateral y los seguimos. En la parte derecha había una pequeña habitación con unas rejas y, tras ellas, un montón de monjas de clausura en fila. Sostenían un libro entre las manos mientras cantaban y la caída del hábito impedía que se les viera la cara. A medida que fue avanzando la ceremonia nos dimos cuenta de que aquello era la toma del hábito de una joven carmelita descalza. Aunque a mí, atea de cuarta generación, lo que me parecía era una película de Sorrentino; no podía parar de hacer zoom en las caras de sus padres para intentar adivinar en sus gestos tristeza o pesar.






