Acudir a presentar la nueva novela de Pérez-Reverte con casaca a lo D’Artagnan animó la conversación con el escritor, aunque no tirásemos de espada
Los demás pasajeros del AVE miraban con indisimulada curiosidad la gran bolsa de plástico roja que yo cargaba en el tren camino de Madrid. Sobresalían las cazoletas y parte de las hojas de dos espadas de juguete relativamente resultonas. En la bolsa llevaba con ellas un bonito disfraz de mosquetero del rey, del rey francés se entiende, concretamente de Luis XIII, que los creó como compañía de guardia real en 1622. En mi fondo de armario, en el que mira que hay cosas, no figura ropa de mosquetero, así que tuve que alquilarla. Lo hice en Menkes, la tienda barcelonesa de referencia a la hora de disfrazarse. La verdad, no estaba seguro de ir a encontrar algo satisfactorio: a la que te descuidas, ir de mosquetero queda cutre y pareces D’Artacán. Pero una dependienta muy atenta que me franqueó el paso a la zona reservada de alquileres pese a que no había pedido cita previa me puso ante los ojos un traje maravilloso. La casaca era perfecta: en forma de manto a cuatro lados, de lana azul (el color de la librea real) y con la emblemática cruz flordelisada de terciopelo blanco y llamas rojas. Me llevé la casaca y la gola de tela, pero descarté el resto del disfraz, camisa, pantalones y botas (al cabo los mosqueteros vestían al principio ropa civil debajo).






