El creador del Capitán Alatriste, tras haber protagonizado otra vez diversas polémicas, abre las puertas de su casa para reflexionar sobre su obra literaria y la influencia de la guerra en su vida, la Real Academia Española o la situación moral de Europa: “Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro”

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena...

, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.

Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con EL PAÍS libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil Línea de frente, en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de Enviado especial, acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de “La guerra que todos perdimos”; la pelea con Davis Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en El Mundo en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.