Hay un instante preciso, justo cuando el avión toca pista en el destino estival de turno, en el que el pacto de veracidad que ya a duras penas mantenemos con el espejo de casa también se va de vacaciones. De repente, el pragmatismo que rige el armario doméstico —ese uniforme más o menos calculado que se adapta a las vicisitudes del quehacer diario— salta por los aires. En su lugar, la maleta escupe una colección de túnicas vaporosas, linos que se arrugan con solo mirarlos y sombreros de paja de dimensiones extraordinarias. No, no se trata de ropa para vestir; son prendas para disfrazarse de uno mismo en modo deslocalizado (fuera de lugar, esto es). He ahí la cuestión: ¿por qué al cruzar una frontera geográfica decidimos ataviarnos como si fuéramos extras despistados de El talento de Mr. Ripley, Mamma Mia! o Sexo en Nueva York? El fenómeno es tan viejo como el turismo de masas, y no va de mera aclimatación ambiental, o no solo: es un síntoma psicológico, un replanteamiento cultural y un acto puramente performativo de ruptura con la identidad civil. Durante al menos 11 meses somos lo que producimos: médicos, abogados, editores, reponedores o directores de cuentas, asalariados o autónomos atados a una reputación estética corporativa, laboral o doméstica. Sin embargo, el viaje subvenciona el derecho al disfraz, al menos a quien pueda pagárselo. Así, nos vestimos para la ficción que hemos proyectado sobre el destino, buscando desesperadamente convertirnos en otra persona. En efecto: durante las vacaciones, lo que nos ponemos funciona como un paréntesis de la identidad.Ocurre que el periodo de asueto opera bajo las reglas de los llamados espacios liminales (del latín limen, umbral), zonas temporales de entretiempo en las que las normas ordinarias de la sociedad quedan suspendidas, según teorizó el antropólogo británico Victor Turner a finales de la década de los sesenta del siglo pasado. “En vacaciones, la vestimenta funciona a menudo como una ruptura dramatizada con las convenciones de la vida cotidiana. Las personas se permiten entonces usar prendas que podrían considerarse inapropiadas, excesivas o poco prácticas en sus entornos habituales”, expone por su parte el sociólogo John Urry en The Tourist Gaze (La mirada turista, superventas de 1990 readaptado a la nueva realidad digital en 2011 al alimón con el académico danés Jonas Larsen). El problema es que, al despojarnos por ejemplo del traje de oficina, puede sobrevenir el pánico al vacío identitario. De ahí que estas modas vacacionales no respondan en realidad a la comodidad —pocas cosas menos prácticas que un pantalón de lino blanco en un restaurante italiano que grita salsa de tomate—, sino a la urgencia mental/emocional de habitar un guion preescrito, de encarnar un arquetipo.Por otro lado, también pasa que el turismo moderno supone un acto eminentemente simbólico-activo, representacional. No viajamos para ver un lugar, sino para consumir la fantasía de cómo nos vemos en ese lugar. La ropa se entiende así como el atrezo obligatorio de tal obra de teatro efímera. Tamaña obsesión por integrarse en el destino estival (el síndrome del turista mimetizado) ha creado además una fauna sartorial perfectamente catalogada, en la que el cliché se merienda la individualidad. Los hemos visto al salir de sus hoteles, villas o apartamentos turísticos: el aristócrata de ultramar o colonizador del lino, la camisa desabotonada esternón abajo, los mocasines de imitación Tod’s sin calcetines, convencido de ser heredero espiritual de los Agnelli; la ninfa de la Costa Azul (y, si acaso, Formentera), toda vestidos de ganchillo que exigen una logística de ropa interior digna de la NASA, pamelas de rafia que desafían las leyes de la aerodinámica y sandalias romanas que tardan media hora en atarse; los místicos de mercadillo que cambian el power dressing de despacho por el estampado étnico del caftán, en busca del espíritu libre de Goa o Tarifa; o el nuevo Coronel Tapioca, agnóstico del confort que confunde el descanso con la capitulación estética, de la estirpe de las chanclas con velcro, las bermudas multibolsillos de secado rápido y las camisetas con logos de marcas de surf extintas, la renuncia al deseo como declaración política.Por supuesto, las celebridades han perfeccionado esta impostura hasta el paroxismo. Paciente cero del camuflaje estilístico vacacional para la moda, Coco Chanel pasó el verano de 1913 en Deauville, frontera/espacio liminal normando que le permitió apropiarse de la marinière, el jersey a rayas de los marineros bretones (que luego comercializó en su boutique a partir 1917). Medio siglo después, eran Talitha y John Paul Getty y Mick Jagger quienes iban por Marraquech adelante hechos un brazo de mar boho-chic, mientras Jackie O andaba en plan sirena al sol de las islas griegas. Hoy tenemos a Jeff Bezos de crucero por el mediterráneo mutado en criptobro de discoteca ibicenca con camisas de seda salvaje estampadas con mariposas, a Harry Styles mimetizándose con la estética retro-camp de la costa amalfitana como si llevara viviendo en un pequeño pueblo pesquero toda la vida o a Dua Lipa activando el modo euroverano maximalista de Ibiza a Albania. Todos, eso sí, participando de la misma premisa: el destino exige un peaje de estilo que la realidad cotidiana jamás aprobaría.La ciencia avala tal comportamiento bajo la premisa de la cognición indumentaria, expresión acuñada en 2012 por los psicólogos sociales estadounidenses Hajo Adam y Adam Galinsky cuyos estudios demostraron que el cerebro adopta de forma inconsciente las cualidades psicológicas asociadas a la prenda que vestimos. Ponerse una camisa de flores chillonas o un vestido vaporoso actuaría de esta manera como el interruptor neuroquímico que avisaría de que el rendimiento laboral ha sido suspendido. Quién lo hubiera dicho: el cambio de indumentaria es la herramienta más barata y efectiva para forzar la desconexión mental. Ojo, en cualquier caso, a la reflexión que dejó para los restos Giorgio Armani a propósito de semejante transformación: “El verdadero peligro de la ropa de vacaciones es que la gente confunde la relajación con la pérdida total de criterio. En un intento por integrarse en un paisaje idílico, a menudo se abandonan las reglas personales de estilo en favor de un cliché folclórico”.Claro que esta distorsión no nace únicamente de la mente del turista, que está fuertemente espoleada por el negocio del vestir. Las colecciones Crucero o Resort de las grandes etiquetas de lujo, nacidas para que las élites lucieran con propiedad en su huida del invierno hacia climas cálidos, han devenido maquinarias de marketing itinerantes que absorben —y, a menudo, fagocitan— los códigos estéticos de los países en los que desfilan. Aquí es donde el guardarropa vacacional adquiere un tinte político: las marcas empaquetan la artesanía tradicional, los bordados históricos o los patrones indígenas y los devuelven al mercado global convertidos en un artículo de lujo homogeneizado. Se produce así una suerte de colonialismo textil por el que el turista no compra la prenda de un artesano local, sino la versión hiperestilizada y carísima que una firma europea ha decidido que es la esencia de tal o cual lugar. Al vestirnos en vacaciones con estas referencias, a menudo no estamos conectando con la cultura nativa, sino consumiendo una apropiación previamente blanqueada y aprobada por los canales del lujo multinacionales.En todo este desparpajo textil existe un último factor social: el valor absoluto del anonimato. El sociólogo y profesor emérito de la Universidad de York (Reino Unido) Colin Campbell, especializado en la cultura del consumo, apunta una clave fundamental sobre el comportamiento en tránsito: “El viaje altera los límites del control social. Al alejarse del entorno donde se es reconocido, el individuo se deshace de las expectativas de su rol habitual, lo que permite una experimentación de la identidad a través del consumo y la apariencia que en su entorno local censuraría por miedo al ridículo”. A cientos o miles de kilómetros del puesto de trabajo, sin riesgo de cruzarse con un cliente, el jefe o la vecina del quinto en el supermercado, la reputación estética se suspende. El anonimato destruye la vergüenza colectiva. Es una pequeña e inocente insurrección contra la mirada ajena, un simulacro de libertad que dura exactamente lo que se tarda en coger el coche, el tren o el avión de vuelta.