30 de julio, 2026 - 08h00Me he negado a celebrar a Guayaquil en esta ocasión, y he recibido reproches, a lo más, silencios sugerentes. No repetí loas al anchuroso río, al carácter guerrero de sus hombres y a la gallardía de sus mujeres porque siento que hoy, las intensas palabras de los poetas se las llevó el viento. Nuestra ciudad es un territorio abandonado al arbitrio de sus peores ciudadanos, de la que se puede decir cualquier cosa desde una tarima, pero que sufre mengua y reducción en cada día de la realidad.Yo provengo de otra clase de ciudad: una en la que aprendí a caminar en un parque (espacio público), en la que anduve en bicicleta por calles de doble vía (tránsito respetuoso) y en la que fui a la universidad conduciendo mi propio carro sin sufrir jamás cualquier clase de agresión. Solo doy testimonio porque no tiene sentido lamentar los cambios de ese afable pasado, en el que sí hubo desorden y delincuencia como lo dicen los archivos, aunque yo nos los haya sufrido. Una de las ventajas de las vidas largas es que llevamos la historia escrita en nuestro cuerpo y las evocaciones afloran espontáneas. La ciudad creció en un ritmo que no pudo ser atendido por las autoridades, hubo tiempo para negociar con las invasiones y hasta para que la auténtica línea guayaquileña se desplazara a otro cantón, al influjo de un abanico de razones: desde seguridad hasta vecindarios apropiados a la condición socio-económica. El Municipio perdió –o ganó, según cómo se vea– compromisos de trabajo por el norte, pero cargó con el peso de un gigantesco sur de barrios menos favorecidos, pero que constituyen el voto decisivo en las elecciones.Debo detenerme en la ciudad de hoy para justificar el título de esta columna –y porque para referirme a la de toda mi vida necesitaría un libro–, y esta es la llaga, el motivo de mi disgusto, hasta de mi duelo. La Guayaquil de hoy me encierra en mi casa desde las siete de la noche porque no puedo arriesgarme a horas tardías; la que me hace rabiar cuando camino por el centro sucio y mal oliente, la que me horroriza por la cantidad de durmientes callejeros en el mero casco central; la parcelada por personas que se llaman cuidadores de carros, que han creado estrategias violentas para exigir cobro por detenerme en calles, por las que pago impuestos; la que queda con toda la basura regada por fantasmas llamados chamberos, que se deslizan en pos de lo que desechamos.Es la Guayaquil donde nos cortan el agua sin previo aviso; donde hay apagones de un momento a otro de duración incalculable; en la que se me exige que pague mis servicios a tiempo exacto, cuando esos no se cumplen sin ninguna explicación (calles con baches eternos, lámparas quemadas, vigilancia policial inexistente); pero también la del imperio de las motocicletas, cuyos conductores no han interiorizado ninguna ley de tránsito. Los ciudadanos tienen mucho de qué acusarse porque la convicción de que la ley manda parece haber desaparecido. Los debates políticos –es decir, la discusión vana y evasiva– han dado seudolecciones de ciudadanía, ya que tiene infinitos seguidores. Óigaselos en las redes de comunicación donde dan cátedra de sofística. O del arte de ofrecer sin cumplir. Esta Guayaquil de hoy no me impele a festejar su aniversario de fundación. Tal vez a llorarlo. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Guayaquil 2026 | Columnistas | Opinión
La Guayaquil de hoy me encierra en mi casa desde las siete de la noche porque no puedo arriesgarme...
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