29 de julio, 2026 - 07h30Guayaquil en 1950 tenía 258.966 habitantes en el área urbana. Hoy son aproximadamente 2,99 millones. Es decir, en 73 años aumentó su población en 2’731.034 personas. En esa época, los servicios básicos de agua potable, electricidad, alcantarillado y recolección de basura eran ya insuficientes para todo el conglomerado social. No obstante, los políticos de ese entonces, a fin de captar electores, incentivaron a quienes vivían en el campo a mudarse a la ciudad con promesas que nunca cumplieron, lo que provocó el surgimiento de los primeros cinturones de miseria en la urbe porteña. Por otra parte, según el sociólogo Homero Ramírez Chávez, en un reportaje de El Telégrafo del 12 de septiembre de 2011, la década del 50 marca un antes y un después en la llegada de los indígenas a Guayaquil y asevera que “(…) ese año se produjo un enorme éxodo hacia el Puerto Principal, alentado, entre otras cosas, por la entrega casi gratuita de terrenos en lo que es ahora el suburbio porteño”. Y estas carencias no han sido totalmente superadas, porque la migración interna no ha cesado y todavía hay sectores con necesidades básicas insatisfechas, sobre todo en el norte y noroeste y en el área rural. Hoy tenemos personas de toda edad drogándose y durmiendo en las calles, siendo los principales problemas la inseguridad, la acumulación de basura y el desempleo, registrando altos índices de violencia por el cometimiento de delitos como robos, asaltos y extorsiones, con un incremento de las bandas delictivas que, por desgracia, captan también a menores para el narcotráfico y el sicariato. Esto último ha deteriorado la economía en aquellos sectores donde el comercio y los lugares de diversión nocturna eran fuentes importantes de ingreso y generadores de empleo, porque ha provocado que los negocios se cierren antes de hora, que los actos culturales y otros se celebren a las 16:00, en vez de a las 19:00, y que la gente se guarde temprano en sus casas para evitar ser víctimas de los maleantes. A las 18:00 ya duerme la ciudad.Falta cohesión entre los vecinos, como la había en el pasado, para luchar contra situaciones como esta y cualquier otra que pueda afectar a la comunidad. Hemos perdido la hermandad y, por tanto, la unidad. Carecemos de reacción. Ya no obedecemos a un conglomerado social. Los barrios solo existen de nombre. En el Guayaquil de ayer se conformaban los comités que impulsaban el desarrollo de su territorio, la gente se unía y colaboraba para engalanar las calles y celebrar las distintas fiestas del año. Se elegía a la madrina y se la proclamaba con elegante verbo. No faltaban, para las de julio y octubre, las carreras de bicicletas y de ensacados, los juegos de indorfútbol, de trompos y de huevos en las cucharas; el palo ensebado, las ollas encantadas y las comidas típicas, con los tradicionales sándwiches, empanadas y refrescos. Hoy, en su mayoría, se han perdido estas buenas costumbres y nos hemos dejado ganar espacios por gente indeseable. Si no reaccionamos nosotros mismos, si no nos unimos, si no cooperamos los unos con los otros, defendiendo nuestro territorio, paz y seguridad, para cualquier autoridad será mucho más complicado recuperar nuestra querida Guayaquil. (O)