17 de julio, 2026 - 06h00Una vieja costumbre hispánica, heredada de los romanos, imponía que en el edificio principal de las ciudades se esculpiera la siguiente sentencia: “De nada valen los guardianes si el espíritu cívico no permanece vigilante a las puertas de la ciudad”. Su profundo significado mantiene hoy plena vigencia. La grandeza de una ciudad no descansa únicamente en sus riquezas, en la majestuosidad de sus edificaciones o en la acción de sus autoridades; depende, sobre todo, de la voluntad de sus ciudadanos de protegerla, respetarla y trabajar unidos por su desarrollo. Este es un imperativo moral que debe ser cumplido por todos, no importando los intereses particulares sino únicamente el interés común.Por otro lado, cuando ese espíritu cívico se debilita o desaparece, surgen la indiferencia, la improvisación, la corrupción y el predominio de los intereses particulares sobre el bien común. Entonces, poco a poco, la ciudad comienza a deteriorarse. La historia demuestra que ninguna ciudad está exenta de afrontar momentos difíciles. Roma enfrentó la conspiración de Catilina y muchas otras sociedades han debido superar amenazas que pusieron en riesgo sus instituciones y su estabilidad. Pero, cuando los ciudadanos reaccionaron con responsabilidad y defendieron el interés colectivo, lograron preservar sus ciudades y recuperar el rumbo.Guayaquil vive hoy uno de los mayores desafíos de su historia reciente. La delincuencia y el crimen organizado han sembrado preocupación en la ciudadanía; el deterioro de los espacios públicos, el caos del tránsito, la contaminación ambiental, el abandono de sectores tradicionales de la ciudad y la falta de una visión integral de desarrollo afectan diariamente la calidad de vida de los guayaquileños.A esto se suma la necesidad de recuperar el orden urbano, mejorar los servicios públicos y devolver a los ciudadanos la confianza en una administración eficiente, transparente y con capacidad de planificación. Spengler sostenía que el desarrollo y prosperidad de las ciudades radica en el alma de la comunidad, en el espíritu de cohesión, orgullo de pertenecer a ella y aceptación en el cumplimiento de los deberes ciudadanos.Guayaquil, en su larga historia, siempre fue protegida por el espíritu de sus habitantes que le permitió luchar contra los incendios, vencer a los piratas, derrotar las pestes y oponerse al centralismo, a un centralismo siempre habido por restarle potencialidades. Resistió a esos desafíos y, poco a poco, se trasladó a la sabana para continuar en el incesante desarrollo que la convirtió en la metrópoli más importante del Ecuador. Los ciudadanos de Guayaquil, sin importar su lugar de nacimiento, tienen la obligación moral de mantener el espíritu protector que hizo posible su desarrollo. Además, el verdadero guayaquileñismo no consiste solamente en exaltar las glorias del pasado, sino en asumir la responsabilidad de construir una ciudad más segura, ordenada, limpia y competitiva.Por los motivos expuestos, para amar a Guayaquil, apreciar sus virtudes y comprender su gesta, es necesario “mirarla con los ojos del alma”, única manera de compenetrarse con la gran corriente vital que se gesta en esta ciudad. (O)