Conduzco un vehículo hace más de 50 años y por ello puedo dar cuenta de los cambios que ha experimentado esta acción durante ese tiempo, para venir a parar al caos que impera hoy. Yo lo hacía con placer, tomándome en serio las leyes de tránsito, a tal punto de detenerme frente a la luz roja a las dos de la madrugada. A la salida de una función nocturna, un prepotente me embistió al saltarse un Pare y el policía que descendió de la patrulla, con solo mirar los dos vehículos detenidos, dijo: “Tenía que ser mujer, yo no les daría licencia”. Tiempos de prejuicios.Creo que cada chofer tiene sus propias anécdotas; yo, escasas porque no he tenido mayores problemas. Es en el presente que siento agobio, el que nutre el estrés a la hora de desplazarse durante los indispensables trayectos (ya no paseo, ya no doy vueltas por barrios queridos, ya no alimento el pasado). En primer lugar, hay exceso de vehículos para las calles que no avizoraron el crecimiento. Como dicen los urbanistas, se usa mucho el transporte privado cuando el público no atiende, cubre, las necesidades masivas. Una sola vez usé una Metrovía para conocer la experiencia y fue suficiente para condolerme del prójimo usuario. Una relajación creciente en el respeto a las leyes de tránsito es hoy muy notoria. Si bien se exige el curso de entrenamiento para obtener licencia, los choferes andan por allí, infringiéndolo todo. Los semáforos han perdido su carácter de orden imperiosa, los puntos de atención a pasajeros de los buses y taxis no existen, y el bloqueamiento de las bocacalles es habitual. Es verdad que no puede dedicarse un vigilante para cada cuadra, pero sí para cada barrio o enclaves complicados. Cuando desciendo hacia el sur, jamás veo policías más allá de la calle Colón, y usar las de una sola vía, decididas para el desahogo rápido, están bloqueadas con dobles filas de lado a lado, como en la Lorenzo de Garaicoa.El caso de las motocicletas merece punto aparte. Es cierto que es un transporte barato, pero han crecido como moscas y avanzan culebreando en torno de los automóviles; es habitual verlas ocupadas por familias enteras –hasta cuatro ocupantes– con uno solo provisto de casco. Son los vehículos preferidos de ladrones y sicarios, tan arrogantes que un solo usuario se atreve a detenerse, atacar y volver a subir a su “caballo mecánico” con total seguridad. ¿Acaso necesita nuestra comunidad una urgente ronda de educación vial, de llamado al deber y al cuidado del prójimo, para que “algo” cambie en el uso de nuestras calles y carreteras? ¿Deben ser más exigentes las concesiones de licencias? ¿Deben multiplicarse las cámaras que graben cada infracción para que la gente reaccione en lo que más le duele, el bolsillo? Toda esta conducta primitiva, propia de una vida sin reglas, tiene que saltar a la conciencia de alguna autoridad para conseguir un poco de orden en el tránsito.Además, reparo en lo que pago como ciudadana con obligaciones económicas respecto de la conducción. Licencia, matrícula, revisión del vehículo, seguro, todo a tiempo –aunque la revisión me hagan regresar porque los números de la placa están blancuzcos por topar con una pared–. Ojalá que las autoridades del ramo hagan algo más que utilizar los vehículos oficiales para ellos y sus familias. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Por las calles de Guayaquil | Columnistas | Opinión
¿Acaso necesita nuestra comunidad una urgente ronda de educación vial, de llamado al deber...?















