18 de junio, 2026 - 07h30La política suele debatirse en el terreno de las instituciones o de las redes sociales, que es lo peor, pero rara vez se detiene en la dimensión moral que las sostiene o corroe. En la obra La insolencia, ensayo sobre moral y política, el filósofo Michel Meyer propone una reflexión dolorosa: la crisis de la política contemporánea no es solo de reglas, sino de actitudes.El concepto de “insolencia” no se reduce a la falta de respeto superficial. Para Meyer, se trata de una forma de negación del otro, de rechazo a las reglas implícitas que hacen posible la convivencia. La insolencia aparece cuando el individuo –o el poder– deja de reconocer límites, cuando sustituye diálogo por imposición y la responsabilidad por la conveniencia.El ensayo transita por una idea central: la moral no puede desligarse de la política sin consecuencias. Cuando esto ocurre, la acción pública se vuelve un ejercicio de cálculo, donde el fin justifica los medios y la legitimidad se diluye. En ese escenario, la insolencia no es una anomalía, sino una práctica recurrente que erosiona la confianza social.Desde una mirada liberal, esta tesis resulta especialmente pertinente. La libertad no es solo ausencia de coerción, sino también reconocimiento de normas que permiten la cooperación. Cuando el poder constituido actúa con insolencia –ignorando límites institucionales o despreciando la legalidad– no solo degrada la moral pública; también afecta las condiciones para el desarrollo económico. Sucede lo mismo cuando la oposición o políticos actúan de manera sediciosa, agresiva e insolente en contra de toda iniciativa de los Gobiernos, así sean positivas. Meyer advierte que la banalización de la insolencia tiene efectos acumulativos. Lo que comienza como una transgresión menor puede convertirse en regla, normalizando el abuso y debilitando la noción de responsabilidad. En sociedades donde esto ocurre, las instituciones pierden credibilidad y el ciudadano se distancia de la vida pública.El libro deja una conclusión clara: sin una ética mínima compartida, la política se vacía de contenido y se convierte en mera administración de intereses. La insolencia, en ese sentido, no es solo un problema de formas, sino de fondo. Es la expresión de una cultura que ha dejado de valorar el respeto a valores humanos, principios ciudadanos, el civismo, la ética y moral, como condición básica del orden social.En América Latina, donde las tensiones entre poder, oposición, legalidad y ciudadanía son constantes, la lectura de Meyer adquiere una vigencia particular. La defensa de la libertad, del Estado de derecho y de la iniciativa individual exige no solo buenas leyes, sino también una cultura política que rechace la insolencia como norma.A ello se suma una cultura de tolerancia frente al incumplimiento, tanto en lo público como en lo privado, que debilita la responsabilidad individual. Sin reglas claras y respetadas la iniciativa productiva enfrenta incertidumbre y el ciudadano percibe que el esfuerzo no siempre encuentra correspondencia en un entorno justo. Allí, la advertencia de Meyer adquiere plena vigencia. (O)
Roberto Passailaigue Baquerizo: La insolencia política | Columnistas | Opinión
Sin reglas claras y respetadas... el ciudadano percibe que el esfuerzo no siempre encuentra correspondencia en un entorno justo.









