La relación de las personas con la política es de carácter muy diverso. Oscila entre la indiferencia o el rechazo, y la implicación o la militancia. Y en medio caben todas las combinaciones posibles. Vivimos ahora una situación de efervescencia política llena, paradójicamente, de sentimientos antipolíticos. Más de la mitad de la población de los países con más renta del mundo y que tienen sistemas democráticos se muestran insatisfechos con el funcionamiento del sistema político. En España esa cifra alcanza casi el 70%. La acumulación y la coincidencia de casos plenamente actuales con otros que apenas ahora llegan al momento procesal de su enjuiciamiento ha convertido la actualidad en una serie ininterrumpida de episodios que denigran el ejercicio de la política. El ruido cercano es ensordecedor, y el que llega de fuera no hace sino aumentar el desconcierto y la acritud.
Lo chocante es que necesitamos más política que nunca, y no sabemos dónde mirar para encontrar ideas, actitudes, personas o perspectivas que nos ayuden a sostener la esperanza y la posibilidad de proyectarnos hacia un futuro que reclamamos. Si entendemos la política no solo como la organización de los poderes públicos, sino como aquello que nos permite vivir juntos, sabremos que sin política no hay convivencia posible. Hannah Arendt lo sintetizó diciendo que la política es lo que ocurre entre nosotros. No es una propiedad del individuo, sino el espacio que se abre cuando actuamos y hablamos en común. Por eso su sentido último, recordaba ella, es la libertad. Si solo queda desconfianza, ese espacio se cierra. Uno me sostiene la escalera mientras cambio la bombilla. Otro me cede el asiento en el autobús cuando me ve embarazada. Nos pueden fallar Zapatero, Rajoy o el alcalde de Almería, pero no podemos concluir que “todos son iguales”, porque esa frase acaba reconociendo, sin querer, que “todos somos iguales”. Que no hay diferencia entre servir y servirse, entre cumplir y abusar. Hemos de ser críticos e implacables con quienes ensucian con apaños la confianza depositada en ellos. Sin duda. Pero déjenme ser ingenuo y sostener, aunque sea porque no queda otra, que necesitamos seguir creyendo en que hay otra manera de hacer política.









