Opinión
Editorial
EDITORIALLa política no está exenta de diferencias de perspectiva, pero siempre está orientada por la luz de principios éticos.
Una ciencia de la decencia, eso debería ser la política; encontrar nuevas formas de proyectar valores fundamentales en acciones y realidades tangibles. Dicho sea eso a propósito de múltiples decepciones, estafas, confrontaciones y desplantes protagonizados por la politiquería, una falsificación de la política. A menudo se le llama “dos caras” a una persona con doblez. Por desgracia, en Guatemala hemos tenido personajes con más caras, cambiando de discurso, de bancada, de partido, sin el menor cuidado por la coherencia. En otras palabras, menosprecian la inteligencia del ciudadano, y ese es el primer síntoma de la falsa política.
Y por eso cada generación de guatemaltecos termina preguntándose cómo hemos llegado a esto. Peor aún, hay gente para la que da igual si hay democracia o no, pero nunca han sufrido los horrores de su ausencia. No solo ocurre aquí, sucede hasta en las mejores potencias, pero como dice el dicho: “mal de muchos, consuelo de tontos”, y por eso el ciudadano debe juzgar con rigor la trayectoria, acciones, omisiones y discurso de quienes se hacen llamar políticos.






