EditorialSin civismo, la política es una carrera desbocada.

En la clase política latinoamericana hay una paradoja demasiado frecuente, pero a pesar de ser tan obvia, vuelve a ocurrir con distintas caras y símbolos, aunque similares síntomas: ofrecen a los respectivos electorados resultados diferentes pero cometiendo más o menos las mismas insensateces, ya sea por incapacidad o por indolencia. Figuras viejas o recién llegadas a la arena se desgañitan en campaña, pero en esa misma ruta andan amarrando apoyos de tránsfugas y dudosos financistas; hasta presumen de donaciones desinteresadas cuando bien es sabido que en el inframundo politiquero nadie da nada sin interés.

Es tal la desfachatez que hay prospectos alcaldables, presidenciables o aspirantes a diputados que ya andan comprando cariño con bolsas de verduras pagadas con dinero público. Y si acaso alegan que es su dinero o de benefactores, aplica el aserto del anterior párrafo: nadie regala nada a cambio de nada. Pero aún si así fuera, ¿qué clase de política es esa que necesita carnada? Politiquería barata que a la larga sale —y ha salido— muy cara.

Ese es precisamente uno de los puntos que cuestiona el reciente informe continental de Naciones Unidas acerca de la democracia: crece la cantidad de ciudadanos que no la valoran, que incluso afirman estar dispuestos a tolerar despotismos a cambio de supuestas mejoras. Pero eso es porque no han padecido el infierno de las dictaduras. Espacios e instituciones democráticas han sido permeados por gavillas de aprovechados, demagogos y vividores del Estado que buscan ampliar más sus beneficios y amaños, lo cual golpea directamente los planes serios de desarrollo. Los retos de seguridad, salud, infraestructura y educación quedan relegados o incluso escamoteados. Luego surgen seudosalvadores regalando víveres y el engaño se recicla.