0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial“Estamos viviendo un momento excepcional”. Es una afirmación que se repite con tanta frecuencia que casi ha dejado de llamar la atención. Pero qué ocurre cuando alguien dedica un año entero a mirar hacia atrás. Precisamente eso es lo que ha hecho el periodista Albert Om en el magazín matinal de la radio pública catalana, donde ha analizado los periódicos publicados durante el último medio siglo. Y, al explicar qué había aprendido de este viaje al pasado, su conclusión fue muy elocuente: “Eso de que antes todo era mejor no es verdad”.Quizá esa reflexión sea una buena vacuna contra uno de los sesgos más comunes de la condición humana: el presentismo. Es decir, la tendencia a creer que la época que nos ha tocado vivir es extraordinaria y que los problemas actuales son radicalmente distintos de los que afrontaron las generaciones anteriores. Combatir este sesgo no consiste en negar la complejidad del presente, sino en recordar que la incertidumbre, los cambios tecnológicos, los conflictos bélicos o las crisis económicas no son patrimonio de la contemporaneidad.Un empleado de oficina Mane EspinosaPrecisamente por eso conviene reivindicar el valor de la perspectiva. Es bien conocida una anécdota, según la cual, en una reunión con el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger preguntaron al dirigente chino Zhou Enlai por las consecuencias de la Revolución Francesa, ocurrida casi dos siglos antes. Y su respuesta fue memorable: “Es demasiado pronto para decirlo”. Una metáfora realmente poderosa, porque recuerda que los acontecimientos solo pueden comprenderse de verdad cuando el tiempo aporta distancia.En el ámbito de la gestión empresarial, disponer de esa perspectiva (y paciencia) ofrece una ventaja muy concreta: ayuda a tomar mejores decisiones. Porque evita caer en la sobreactuación y en los continuos cambios de rumbo que provocan los diagnósticos precipitados. Los mejores directivos saben distinguir entre transformaciones estructurales, que obligan a replantear el modelo de negocio, y cambios coyunturales, que requieren respuestas tácticas y temporales. Esa capacidad para interpretar la naturaleza de cada reto evita dejarse arrastrar por la falsa convicción de que todo es urgente e irreversible.Relacionado con lo anterior, minimizar el presentismo también tiene efectos directos sobre el clima laboral, al aportar la serenidad y la pausa necesarias para trabajar mejor. Por el contrario, instalarse en una sensación permanente de excepcionalidad reduce los espacios para pensar e incrementa la ansiedad de los equipos. No es casualidad que el informe State of the global workplace de Gallup sitúe el estrés entre los principales problemas del entorno laboral, afectando a más de un 40% de los empleados.Evitar el sesgo del presentismo también cambia la manera de mirar el pasado. No para idealizarlo, sino para comprender que muchos de los desafíos actuales no son tan inéditos. La historia empresarial está llena de crisis y oportunidades que pueden ofrecer aprendizajes muy valiosos. Por eso el edadismo es una de las grandes contradicciones de la gestión moderna. Prescindir del talento sénior significa renunciar a una experiencia que aporta criterio y evita reinventar la rueda una y otra vez. Quizá la mejor manera de combatir el presentismo sea practicar la humildad. Desterrar expresiones del tipo “¿cómo puede ser que en pleno siglo XXI…?” y aceptar que ninguna generación representa la culminación de la historia.
El peligroso sesgo del presentismo, por Oriol Montanyà
“Estamos viviendo un momento excepcional”. Es una afirmación que se repite con tanta frecuencia que casi ha dejado de llamar la atención. Pero qué ocurre cuando alguien dedica un año entero a mirar hacia atrás. Precisamente eso es lo que ha hecho el periodista Albert Om en el...











