Cuando llega el mes de julio no puedo evitar recordar aquellos veranos de prácticas en los medios de comunicación —Levante-EMV, Radio Nacional, Cadena SER o El País— mientras estudiaba la carrera en Barcelona. Ha pasado ya mucho tiempo de aquello. Eran meses que, en ocasiones, se prolongaban hasta finales de septiembre y en los que, a causa de la parálisis de la actividad institucional, judicial, económica o deportiva, especialmente durante agosto, era obligado ser muy imaginativo para poder llenar el periódico o el informativo del mediodía o de la noche. No había, como solemos decir, “actualidad”.Un kiosco de prensa en Barcelona Xavier Cervera / PropiasHabía jornadas en las que casi era necesario inventarse un reportaje, forzando una historia a partir de algún hecho al que, en otras circunstancias, apenas se le habría prestado atención. Aún recuerdo uno sobre cómo soportaban el calor del verano las mascotas de una protectora, u otro en el que me subí a un ultraligero para recorrer dos comarcas y describir aquel paisaje visto desde el aire. Por cierto, casi nos matamos. Solo cambiaba la dinámica cuando aparecía una tragedia, un incendio o un accidente. Entonces el suceso pasaba a ocupar toda la atención y sobre él aplicabas, con mayor o menor fortuna, todo lo aprendido sobre el oficio.Fue una magnífica escuela. Conviene recordar que hablamos de finales de los años ochenta. No existían teléfonos móviles ni internet y para construir una información había que desplazarse, llamar a muchas puertas y hablar cara a cara con las fuentes, salvo contadas excepciones. Nunca tuve problemas para llenar páginas o minutos de informativo porque, incluso cuando escaseaban los hechos de actualidad, siempre aparecían realidades que merecían ser contadas y que el resto del año pasaban inadvertidas.Además, sucedía algo interesante. La gente seguía comprando el periódico y escuchando la radio durante las vacaciones, quizá con más calma que nunca. Agradecía encontrarse con relatos que pudiera leer junto a la piscina o en la playa, historias que le acercaban a personajes, lugares o situaciones desconocidas. Descubrí entonces el enorme placer de ese periodismo narrativo que durante el verano encontraba un espacio natural en los diarios de papel. Tengo la impresión de que el periodismo digital, pese a disponer de infinitamente más recursos, no ha sabido desarrollar del todo esa posibilidad. La urgencia permanente ha terminado por dejar poco espacio a la curiosidad.Les confieso que siempre me gustó trabajar en verano. En cierta manera, me sentía con ventaja respecto a muchos compañeros que trataban de completar la jornada siguiendo la, a menudo, mediocre agenda institucional, ya fuera local o autonómica. Julio, agosto y buena parte de septiembre son meses en los que el periodista tiene la oportunidad de mirar más allá de la realidad oficial que cada día inunda nuestros medios. Existe otro mundo esperando ser contado, otras historias que merecen ocupar un espacio, y el verano ofrece precisamente ese tiempo para buscarlas.Siempre he intentado ponerme en el lugar del lector para preguntarme qué podría interesarle cuando la calima parece derrotar incluso las ganas de pensar. Buscar la noticia del verano más allá del catálogo habitual de playas, turistas, concursos o recomendaciones para combatir el calor. No siempre se consigue, claro. Pero cuando aparece esa historia inesperada, esa que nadie había visto y que de pronto despierta el interés de los lectores, uno recuerda por qué decidió dedicarse a este oficio.Quizá por eso sigo creyendo que el verano no es la estación en la que desaparecen las noticias. Lo que desaparece es la excusa de la agenda. Y cuando esta se desvanece, el periodismo vuelve a enfrentarse a su desafío más noble: salir a buscar historias en lugar de esperar a que alguien las convoque. Ahí es donde, a mi juicio, empieza el verdadero oficio.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991
Noticia de verano, por Salvador Enguix
Cuando llega el mes de julio no puedo evitar recordar aquellos veranos de prácticas en los medios de comunicación —Levante-EMV, Radio Nacional, Cadena SER o El País— mientras estudiaba la carrera en Barcelona. Ha pasado ya mucho tiempo de aquello. Eran meses que, en ocasiones,...









