0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialHay cosas que se repiten con tanta puntualidad que dejan de sorprender y nos hemos acostumbrado a convivir con ellas. Ocurre con la ejecución de las inversiones del Estado en Catalunya. Cada año empieza igual: largas negociaciones presupuestarias, anuncios solemnes, titulares sobre miles de millones comprometidos y promesas de un cambio de etapa. Y cada año termina exactamente igual: la realidad desmiente el relato.Los datos de ejecución presupuestaria del 2025 que acaba de publicar el Gobierno español vuelven a confirmarlo. Catalunya recibió únicamente el 8,6% de la inversión ejecutada por el Estado, mientras que Madrid concentró el 21%. En cifras absolutas, 1.321 millones de euros frente a 3.182 millones. Un 150% más para la capital, pese a que ambas economías representan un peso muy similar dentro del PIB español, en torno al 20%. De hecho, Catalunya se sitúa en quinta posición, tras Valencia, Andalucía y Galicia. Nestor Martinez Nieva / Getty ImagesNo estamos ante una anomalía estadística ni ante un accidente administrativo. Es un patrón que se repite año tras año y década tras década. Da igual quién ocupe la Moncloa. Lo hicieron los gobiernos del PP y lo hacen ahora los gobiernos del Partido Socialista. Cambian los ministros, cambian los discursos y cambian las mayorías parlamentarias, pero el resultado permanece inalterable.Los presupuestos generales del Estado se han convertido para Catalunya en una sofisticada versión del viejo timo de la estampita. Se enseña un fajo de billetes para convencer a la víctima de que está ante una gran oportunidad. Pero cuando llega el momento de comprobar el contenido, solo el primer billete es auténtico. Debajo solo hay recortes de periódico. Sobre el papel aparecen inversiones millonarias, pero luego la mayoría nunca llega a ejecutarse.La inversión pública no es un premio ni un favor político. Es una herramienta esencial para mantener infraestructuras competitivas, mejorar la movilidad, reforzar los servicios públicos y acompañar el crecimiento económico. Cuando sistemáticamente se deja de invertir allí donde se genera una parte sustancial de la riqueza del país, el perjuicio no recae sobre un determinado gobierno ni sobre una determinada opción política. Lo sufren empresas y trabajadores, usuarios del transporte público, exportadores, estudiantes y familias. Lo padecen todos los ciudadanos, voten a quien voten, hablen la lengua que hablen y sean o no independentistas.El viejo recurso de castigar a Catalunya ahonda el malestar por un trato injustoEstos datos, además, no pueden analizarse de forma aislada. Se suman al persistente déficit fiscal de Catalunya, que es el tercer territorio que más aporta a las arcas del Estado y, sin embargo, cae al décimo lugar a la hora de recibir recursos.Ante tales evidencias, cuesta encontrar una explicación razonable que no pase por reconocer la existencia de una voluntad política de perpetuar este modelo. Desde un punto de vista técnico no existe ninguna razón que impida ejecutar en Catalunya un volumen de inversión equivalente al que se ejecuta en Madrid. No se trata de proyectos imposibles ni de una incapacidad estructural para licitar obras. Cuando hay voluntad, la maquinaria administrativa funciona. Cuando no la hay, siempre aparecen obstáculos, retrasos o prioridades alternativas.Tampoco sorprenden las reacciones. Desde la patronal Foment del Treball hasta los partidos independentistas se ha vuelto a denunciar con claridad una situación que consideran insostenible y lesiva para la competitividad de la economía catalana. En cambio, el Govern se ha limitado a afirmar que “hay margen de mejora”. Salvador Illa no puede conformarse con ejercer de comentarista de unas cifras que perjudican objetivamente a Catalunya.La historia demuestra, además, que los agravios económicos rara vez permanecen indefinidamente sin consecuencias políticas. El viejo recurso de castigar a Catalunya ahonda el malestar por un trato injusto, que, en otros momentos, ha impulsado reivindicaciones transversales de la sociedad catalana. Y esto se agravará si el próximo ciclo electoral abre la puerta a un gobierno de PP y Vox, que nunca defraudan a la hora de echar gasolina al fuego cuando se trata de Catalunya.Las cifras, publicadas por el propio Gobierno, son tozudas e incontestables. Una vez más, el presupuesto prometía una lluvia de millones para Catalunya, pero al final apenas han caído cuatro gotas que ni siquiera alcanzan para quitar el polvo.