Opinión

Editorial

EDITORIALEstadísticamente, cada vigilante está a cargo de al menos 15 reclusos.

La seguridad penitenciaria ha sido, durante demasiado tiempo, el eslabón más débil en el combate del delito. Los intentos por fortalecerla se han concentrado sucesivamente en las mallas, los cerrojos y los muros de centros de detención “de alta seguridad”, que paradójicamente no han detenido el crecimiento de operaciones criminales a lo interno de las cárceles: un completo absurdo porque de nada sirve sentenciar a extorsionistas, ladrones y asesinos a 10, 20 y hasta mil años de prisión, si desde dentro siguen coordinando gavillas facinerosas, ya sea trasladando órdenes a través de las visitas, o hasta de llamadas y mensajes de texto mediante celulares o incluso terminales de internet, trasegados una y otra vez.

La mención del enfoque en infraestructura no es una crítica al remozamiento ni a la construcción de nuevas instalaciones penales: son urgentes y necesarias. Pero que no sirven de nada las puertas más reforzadas si el personal que administra, monitorea y custodia tales centros carcelarios carece de profesionalización, de rumbo y propósito. Un guardia que lleva cinco o 10 años en el mismo puesto, pese a tener experiencia adquirida e información de inteligencia recopilada, no tiene posibilidad de ascender, porque simplemente no hay camino: no existe una carrera penitenciaria, tal como señala un análisis del Cien.