Una carta de amor a la cena de nuestra infancia, que sirve para aprovechar lo que haya por la nevera sin complicaciones
Podría hacerse un libro de recetas muy completo solo con las creaciones de padres y madres discurriendo una cena rápida para darles a sus hijas e hijos. En ese intento desesperado de preparar algo decente después de todo el día trabajando, con la cabeza echando humo y una nevera temblando, han salido verdaderas innovaciones culinarias. La tortilla francesa de-lo-que-sea es un clásico. Una vez agotada la de queso y la de chorizo, en mi casa continuaban la de cebolla, la de escabeche y la de sobras. Y para despistar, entre tortilla y tortilla, caía revuelto.
Más de una vez aparecía por el plato una barrita de pescado rebozado, un par de salchichas de frankfurt o una pizza regulera por las que nunca jamás señalaré a mis padres, que ya suficiente hacían con el panorama que tenían. Recuerdo con especial cariño las noches de empanadillas de tomate y atún, que hacíamos con mi madre cuando había algo de tiempo, y la fritada de mi padre.
Estoy segura de que en cada casa la inventiva adquiere infinidad de formas, pero también estoy segura de que el panini fue unánime en casi todas. Pocos formatos hay más apañados y con mejor ratio esfuerzo-disfrute que el panini. Está claro que no es una pizza, pero tampoco es lo mismo que una tostada. Tiene lo mejor de ambos: está rico, crujiente y jugoso gracias al toque de horno, como una pizza; y se tarda lo mismo en prepararlo que en montar una tostada.







