Zeinab Bashir al Shafi, una mujer sudanesa de 70 años, carga la extenuación en la voz. Habla con firmeza, pero de forma pausada y amortiguada. Reposada sobre una alfombra, descalza, con las piernas cruzadas y vistiendo un toub de colores, recuerda que hasta hace poco tiempo ella y su familia llevaban una buena vida, cómoda. Que no les faltaba nada. Vivían en Dilling, la segunda ciudad de Kordofán del Sur, un Estado meridional de Sudán. Pero la expansión de la guerra que atraviesa el país hacia su región y el asedio intermitente impuesto sobre su ciudad por parte de las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) y otro grupo armado local los acabaron forzando a huir hacia el norte, para escapar de la muerte. En la periferia de Sudán, sin embargo, la muerte nunca acaba de rezagarse demasiado. Siguiendo los pasos de cientos de miles de personas desplazadas más, Al Shafi recorrió unos 150 kilómetros para llegar a El Obeid, en el centro del país, solo para encontrarse atrapada, de nuevo, en otro asfixiante asedio paramilitar. El Obeid no es una ciudad cualquiera. Capital de Kordofán del Norte y principal nudo logístico del centro de Sudán, es la última gran urbe de la región fuera del control de las RSF. Los paramilitares la cercan por tres flancos y atacan la única carretera que aún la conecta con territorio controlado por el ejército. Su caída consolidaría el dominio de las RSF sobre gran parte del oeste y el centro del país. El precedente que más temen los habitantes de la ciudad es El Fasher, donde una ofensiva de las RSF tras meses de asedio dejó miles de muertos y denuncias de atrocidades. Muchos temen que El Obeid corra ahora la misma suerte.“Ahora estamos cansados: de la muerte, de las enfermedades, del hambre y de toda clase de penurias”, desliza Al Shafi. “Les prometo que mi situación es muy mala; no estoy trabajando y aquí no conozco ningún tipo de trabajo. Allí [en Dilling] solíamos cultivar la tierra, pero ahora que vinimos hasta aquí no estamos pudiendo hacer nada”, añade con resignación. A pesar de que en los últimos dos meses los paramilitares han recrudecido el asedio y los ataques contra El Obeid, cientos de miles de personas han seguido llegando. Todavía entran, aunque sea a cuentagotas, algunos suministros. 04:14Voces desde el asedio de El Obeid: "Sufrimos por la injusticia, la comida y el agua"Zainab Mohamed Hamed, originaria de Umm Samima.Agencias de la ONU se refieren ya a El Obeid como el nuevo epicentro de la crisis de desplazamiento y hambre de Sudán. Se estima que antes de la guerra vivían en la ciudad más de medio millón de personas, de las cuales el 70% serían mujeres y niños, según calcula ONU Mujeres. Una población a la que ahora se suma un número difícil de determinar de desplazados, pero que las autoridades locales estiman que podría rondar los 1,2 millones.Ahora estamos cansados: de la muerte, de las enfermedades, del hambre, y de toda clase de penuriasZeinab Bashir Al-Shafi“Lo que ya era una situación difícil [antes de que se intensificara el cerco] se ha convertido ahora en una situación muy complicada, que requiere muchos más suministros de los que teníamos disponibles”, asegura la coordinadora humanitaria de la ONU en Sudán, Denise Brown, que visitó El Obeid a principios de julio y describe una realidad “muy aterradora”. Desde finales de mayo, las Fuerzas de Apoyo Rápido han bombardeado la infraestructura crítica de El Obeid y la única carretera que la conecta con el resto de Sudán. Entre los blancos de sus drones han figurado ocho gasolineras, la principal subestación eléctrica de la ciudad, al menos 12 centros de salud, barrios residenciales, un mercado y una escuela, según la Red de Monitoreo de Derechos Humanos en Sudán y el Comité para la Justicia. Grupos de derechos humanos, como los dos anteriores, consideran que estos ataques, que han causado apagones de electricidad y cortes de agua generalizados y una fuerte escasez de combustible, persiguen seccionar las líneas de suministro vitales de El Obeid, como parte de su extendida política de asedios y con el fin de someter a su población a base de hambre y de sed. Los paramilitares también han rodeado la ciudad por el norte, el oeste y el sur.La situación se ha agravado hasta el punto de que, según alertó este viernes ONU Mujeres, las mujeres y niñas de El Obeid se enfrentan a una disyuntiva aterradora cuando salen a buscar agua: durante el día se exponen a los ataques de drones contra las fuentes de abastecimiento y, por la noche, a las agresiones sexuales. La organización ha denunciado casos de acoso, violación y otras formas de violencia sexual.El resultado es una ciudad al límite cuya crisis se está agravando por un colapso casi total de la economía local, la ausencia de gasolineras abiertas y unos hospitales operativos bajo mínimos. El Obeid se encuentra además desbordado por la llegada de desplazados que han huido con lo puesto. La mayoría se concentran en un campamento oficial, pero hay otros muchos acogidos por familias o instalados en precarios refugios temporales. Sentada sobre la base de una cama sin colchón colocada delante de una cabaña hecha con paja y alguna tela, Maryam Younis Ahmed, una joven de 27 años de Kadugli, la capital de Kordofán Sur, admite que “aquí nos las arreglamos con nuestro propio esfuerzo”. En el caso del agua, cuenta, “no hay tuberías ni nada parecido, así que simplemente vamos a buscarla nosotros mismos o la conseguimos de gente que lleva carros tirados por burros”. Al Shafi, por su parte, lamenta que los suministros que se filtran a la ciudad son del todo insuficientes. “Desde que llegué aquí no he recibido nada [de ayuda]. Tengo una tarjeta de racionamiento y al día me dan tres panes y té. Solo nos da para comer y beber”, señala. “Necesitamos algo para dormir, un lugar donde vivir, comida y medicinas”, prosigue. Pese a esta situación extrema, escapar de El Obeid es prácticamente imposible. La escasez de combustible ha interrumpido gran parte del transporte y la mayoría de la gente tiene que desplazarse a pie. Además, la única carretera de salida que aún controla el ejército ha sido atacada repetidamente con drones y otras vías secundarias son muy peligrosas. La capital más cercana, Kosti, en el Estado de Nilo Blanco, se encuentra a más de 300 kilómetros. “La carretera es peligrosa y existe el problema de los ataques a las gasolineras y camiones cisterna, así que la gente lógicamente tiene miedo; yo misma pasé miedo”, señala Brown, que también nota que el precio del combustible se ha disparado. “Las autoridades no están impidiendo que la gente se vaya, pero resulta sumamente difícil salir”, añade. Este mismo contexto, pero en la dirección opuesta, también complica mucho el envío de suministros. “A lo largo del camino se veían varios camiones de combustible calcinados”, recuerda Brown, que también observa que “la carretera estaba mucho más silenciosa que cuando estuve en mayo”. “Tenemos que ser cuidadosos”, afirma, “pero a estas alturas no es imposible” movilizar más ayuda. “Es muy complicado”, insiste, “pero no imposible”. Hoy, decenas de miles de civiles siguen desaparecidos, y una misión independiente de la ONU halló “indicios de actos genocidas”A medida que las RSF estrechan el cerco sobre El Obeid, también crece el temor a que lancen un sanguinario asalto. En la última gran ciudad que tomaron, la capital de Darfur Norte, El Fasher, mataron a miles de personas y llevaron a cabo secuestros, violaciones, torturas y saqueos generalizados. Hoy, decenas de miles de civiles siguen desaparecidos, y una misión independiente de la ONU halló “indicios de actos genocidas”. “Las señales que llegan desde El Obeid son claras e inequívocas: se está produciendo otra catástrofe en materia de derechos humanos”, señaló a principios de julio el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Volker Türk, que llamó a la comunidad internacional a impedir que “se repitan las atrocidades” cometidas por las fuerzas paramilitares en El Fasher y el campo de desplazados de Zamzam.Ahmed, a quien la guerra empujó a abandonar sus estudios universitarios, subraya el desgaste mental que comporta vivir atemorizada. “Tienes miedo constantemente debido a la guerra y a los drones. Hay muchas cosas que te hacen temer por tu familia. Si sales de casa, no logras estar tranquila e incluso si te quedas con ellos, sigues sin estar en paz”, relata. A mediados de julio, los Estados miembros del G7 instaron en un comunicado a las Fuerzas de Apoyo Rápido y a grupos armados aliados a “cesar de inmediato cualquier acción que pudiera provocar más atrocidades o poner en peligro a la población civil en El Obeid”. También llamaron a que se garantice un corredor seguro para poder abandonar la ciudad. “Espero que entiendan la situación que estamos viviendo, ayuden a poner fin a la guerra, ofrezcan asistencia humanitaria a la población y trabajen para detener el conflicto, porque se ha vuelto sumamente difícil”, pide Ahmed. ¿Cómo sigue ella adelante? “Fe en Dios y ver a tu familia frente a ti. Te da esperanza, te da fuerza y determinación para continuar”. Al Shafi también reclama “que Dios traiga paz y bienestar” y que “guíe [a la comunidad internacional] en sus pasos”. “La situación es muy difícil”, recalca, “dejaste tu casa y solo puedes acostarte sobre una sábana, ¿acaso no es duro? Estás sin comer, remojas dátiles e hibisco en un plato y te los tomas, ni siquiera tienes un vaso, ¿acaso eso no es duro?”.