Refugiados asentados en Chad relatan las torturas y ejecuciones que sufrieron o presenciaron en Sudán, escenario de la peor catástrofe humanitaria del mundo. La justicia internacional considera que existen indicios de que los ataques, que mataron a entre 200.000 y 400.000 personas, cumplen los criterios de genocidio

A Ashaa Abdalla Tourshin se le nota en la voz el duelo. Y en la mirada perdida de unos ojos cansados con atisbos de cataratas. En su regazo, un niño de dos años, su nieto Moutassim. Logró salir hace un mes de la ciudad sudanesa de El Fasher, reciente escenario de una de las peores masacres registradas desde que hace más de dos años estallara una cruenta guerra civil en el país. Abdalla escapó con el crío en brazos y han sido acogidos en la precaria vivienda de lonas y cañas de su hija Hadjara en el campo de refugiados de Farchana, en el este de Chad.

Otros tres hijos, dos hombres y una mujer, fueron asesinados ante los ojos de Abdalla, en su casa. Uno de ellos era el padre de Moutassim. La madre del crío también fue ejecutada en ese episodio y el pequeño se quedó huérfano de ambos progenitores sin haber tenido tiempo ni para crear recuerdos con ellos. Ahora la mujer no contiene las lágrimas cuando denuncia las tropelías a las que su familia fue sometida. “Sufrimos mucho. A muchos los han matado. Eran yanyawid, llegaron armados, ejecutaron a personas dentro y fuera de las casas. Me quitaron el dinero y hasta la ropa, y me quedé sin nada”, asegura. Ella se refiere a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), es decir, el bando paramilitar enfrentado con el ejército regular de Sudán desde el 15 de abril de 2023.