Mohamed Usman Hassan, testigo directo de cómo la capital de Darfur Norte se transformó en un infierno inhabitable, relata el hambre, la violencia y la desesperación que han sufrido sus ciudadanos
Si se hubiera quedado en El Fasher unos días más, Mohamed Usman Hassan (42 años) probablemente no estaría sentado aquí ahora, sobre una estera en la bombardeada capital sudanesa, Jartum. Él, su esposa y sus dos hijos escaparon de forma milagrosa: menos de una semana antes de que los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) atacaran la capital de Darfur Norte, logró convencer a un soldado para que le dejara atravesar el puesto de control principal que conducía fuera de la ciudad. Llevaba a su hija pequeña en una carretilla.
“Dije que tenía que salir de la ciudad para cultivar”, afirma el hombre. Está muy delgado y sus gafas rectangulares son demasiado anchas, lo que hace que se le deslicen constantemente por la nariz. “No tengo ni idea de por qué nos dejaron ir”, dice Hassan con una risa nerviosa. “Era una excusa pobre. Pero creo que Dios estaba con nosotros ese día, que Dios decidió que aún no era el momento de irnos... Alhamdulillah”, expresa en árabe. Después del primer puesto de control, afirma que tuvo que pasar por otros 16 antes de entrar en territorio del ejército gubernamental y que por el camino los soldados le fueron confiscando todas sus pertenencias.






