Bastó un breve recorrido de dos horas para que los primeros testigos externos describan una localidad destruida y prácticamente desierta en la que los muertos y personas en paradero desconocido se cuentan por millares

A medida que se acercaban a la ciudad, el paisaje se volvía cada vez más sombrío. El último viernes de diciembre, un equipo de la ONU entró en El Fasher, capital de Darfur Norte, por primera vez desde que fue tomado por las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en octubre, en un asalto en el que cometieron una de las peores matanzas de la guerra de Sudán y de la historia reciente. Eran los primeros testigos externos en el epicentro de la tragedia.

Lo que encontraron fue una ciudad destruida y desierta, con pueblos aledaños abandonados, lo que acrecienta la inquietud por los civiles que permanecen en ella y por los que siguen sin aparecer. En agosto, la ONU estimó que la población de la localidad era de unas 260.000 personas, de las que unas 100.000 huyeron tras la toma del lugar por parte de las RSF. Hasta ahora nadie ha podido confirmar el paradero de decenas de miles de residentes de los que nadie tiene noticias.

“Lo que está claro es que no vimos miles de personas. Es como una ciudad fantasma”, resalta la coordinadora de asuntos humanitarios de la ONU en Sudán, Denise Brown, en una entrevista con este periódico. “No sabemos con certeza cuánta gente quedó atrás en El Fasher. Hay personas desaparecidas. ¿Dónde están?”, se pregunta, antes de lanzar: “Puede que estén muertas, que estén detenidas, que estén heridas. Tarde o temprano habrá que hacer una triangulación”.