Un amigo me contó hace poco que su mamá, viuda desde hace tres años, habla todas las noches con ChatGPT, le cuenta cómo estuvo el día, le pregunta qué cocinar, le comenta lo que vio en la tele, y a veces hasta le da las buenas noches. Mi amigo no sabía si angustiarse o alegrarse, porque su vieja está bastante menos sola desde que apareció esa voz que siempre le responde, aunque esa voz, según le dije con cierta incomodidad, probablemente no sienta absolutamente nada. Lo pensé por un estudio que leí este año en la revista Trends in Cognitive Sciences, donde un grupo de científicos y filósofos de primera línea se propuso medir la consciencia sin mirar el comportamiento sino los mecanismos internos, y llegó a una conclusión que cuesta digerir. Una abeja buscando néctar tiene más chances de sentir algo que ChatGPT escribiendo un texto entero sobre los sentimientos, porque el insecto tiene la maquinaria biológica que asociamos con la experiencia y la máquina que conversa parece tener apenas la actuación. Y sin embargo, entre esos dos, elegimos confiarle nuestra intimidad justamente a la que probablemente no registra nada. Hay algo que me viene dando vueltas hace meses, y es que la soledad se convirtió en una de las epidemias silenciosas de esta época, sin distinguir países ni edades, golpeando al adulto mayor que quedó solo, al pibe que se muda por trabajo, a la persona que atraviesa un divorcio en una ciudad enorme y llena de gente. En ese hueco entró la inteligencia artificial con la forma de un compañero que nunca se cansa, que nunca está de mal humor, que nunca arrastra sus propios problemas y que sigue disponible a las tres de la mañana, algo con lo que ningún amigo de carne y hueso puede competir.