Es medianoche. El silencio en la habitación es absoluto, roto únicamente por el rítmico parpadeo de una pantalla de smartphone. En la caja de texto, una confesión que nunca ha salido de unos labios humanos: "Siento que ya no puedo más". La respuesta llega en milisegundos, cargada de una calidez que desorienta: "Lamento mucho que te sientas así. No estás sola (un emoji de corazón). ¿Qué es lo que más te pesa hoy?"
Esta escena no es ciencia ficción; es el día a día de millones de personas. En un mundo donde la salud mental de la población está en emergencia, la Inteligencia Artificial (IA) está dejando de ser una herramienta de oficina para convertirse en un confidente nocturno. Pero, a medida que la línea entre la asistencia tecnológica y la conexión humana se desdibuja, surge una pregunta inevitable: ¿estamos encontrando una cura o estamos alimentando un espejismo peligroso?
El crecimiento de la "terapia por chat" no es casualidad. Tras la pandemia de Covid-19, la demanda de servicios de salud mental se disparó a niveles sin precedentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la pandemia aumentó un 25% la prevalencia mundial de ansiedad y depresión, impulsada por factores sociales como el aislamiento, el estrés y las dificultades económicas. En la Argentina, y de acuerdo con el “Informe sobre crisis de la salud mental en la Argentina 2019-2025” hecho a partir del relevamiento de lo que sucede en 16 provincias, cerca de un 35% de la población argentina tiene algún tipo de malestar psicológico. Los más afectados son los jóvenes y los sectores vulnerables. Las dificultades en el acceso y la continuidad de los tratamientos por la crisis de los subsistemas de salud (baja de afiliados en la medicina prepaga, obras sociales que también ven reducida la cantidad de afiliados por la pérdida de empleo) y sobredemanda al subsector público, contribuyen a agravar la situación, incrementando tanto la demanda como la







