Una amiga me explicó la semana pasada que uno de sus conocidos había decidido no quedar con una ex que le había amargado la vida demasiados años. Cuando estuve a punto de aplaudir, ella me sujetó el brazo: ”Se lo aconsejó ChatGPT”. Enmudecí con el resto del relato: el amigo había descargado la conversación de WhatsApp con su ex y le preguntó a la inteligencia artificial (IA): “¿Crees que debería volver a quedar con ella?”. El programa le contestó que era mejor no mirar atrás, y el joven se lo hizo saber a su antigua pareja: “La IA dice que es mejor que nos veamos más. Que te vaya bonito”, le vino a decir. Cuando le enumeré a mi amiga las cosas que arderán si alguna vez recibo un mensaje en esos términos, me contestó tajante: “Es que paga premium en ChatGPT”. Ah, que paga el servicio vip, claro. ¡Entonces lo que diga la IA va a misa!

to me the concern about chatgpt making people lose touch with reality isn't that people are gullible or that chatgpt is some diabolical psychological brainwashing tool (lol) but that so many people live lonely, precarious, screen-addicted lives that crave purpose

Algo pasa a mi alrededor y todavía no sé cómo valorarlo. Existe cierto delirio espiritual con los consejos de ChatGPT y todo el mundo hace como si nada, como si fuese pecado cuestionar sus recomendaciones. Hablo de la gente que ve a la IA como algo mucho más trascendental que ese apañado rincón funcional en el que resumimos cosas, se nos aligeran tareas y acortamos tiempos en la vida acelerada. Para esas personas, ChatGPT es más que un terapeuta ocasional: es su nuevo Dios. Una entidad casi paranormal, el oráculo de Delfos moderno.