Una niña curiosa y observadora que creció husmeando en enciclopedias, en una casa en el municipio de La Florida, en el sector suroriente de Santiago, a mediados de los años ochenta, se convirtió en julio de 2026 en la primera antropóloga física chilena —la disciplina que estudia los cuerpos humanos desde la evolución hasta hoy— cuya investigación, Peregrinaje hacia el sacrificio: mecanismos, causas y momento de la muerte en la Capacocha andina occidental del Tawantinsuyu meridional, llegó a la portada de Science Advances, una de las revistas multidisciplinarias de mayor prestigio del mundo. Es Verónica Silva Pinto (Santiago, 49 años), curadora del área de antropología del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN) de Santiago de Chile, que reescribió la historia del niño del cerro El Plomo, quien fue hallado intacto en 1954 a más de 5.400 metros de altura en los Andes meridionales, frente a Santiago, en la zona central de Chile. Hasta su indagatoria, el relato, que perduró por siete décadas, fue que el niño de unos ocho años había muerto por hipotermia, hace más 500 años. Pero hoy se sabe que su deceso fue por un golpe en el cráneo, en el contexto de la ceremonia de la Capacocha, durante el Imperio inca, en una ofrenda a los dioses en la alta montaña. Para ello peregrinó desde Cuzco, acompañado de una gran comitiva y en un largo viaje de nueve meses, lo que Silva reconstruyó al analizar el cabello, peinado con decenas de pequeñas trenzas, que dio cuenta de la alimentación que recibió en el periodo de preparación. No fue su único hallazgo, en una investigación que le demoró 14 años. Silva cambió otro relato, sobre la causa de muerte de las llamadas Doncellas del cerro Esmeralda, una joven de 18 años y una niña de nueve, también ofrendadas en una ceremonia de la Capacocha en la cordillera de la Costa. Sus cuerpos fueron hallados en 1977 a unos 900 metros de altura en Iquique, en el extremo norte chileno, cuando el terreno se dinamitó para construir un camino. Por las marcas en sus cuellos se había concluido que fueron estranguladas, pero la antropóloga del MNHN, en base a evidencia bioantropológica y tomográfica, ha determinado que aquellas huellas son producto de los textiles con los que sus cuerpos fueron envueltos. Ambas, por el análisis de su cabello, le permitió establecer a la investigadora que su peregrinaje fue de cinco y tres meses.“Un tránsito hacia los dioses”El de las Doncellas fue el primer estudio de Silva, lo que le abrió una ventana para después abocarse al Niño del cerro El Plomo. Los tres murieron en la Capachoa, las dos ceremonias incas que se registran en Chile.La antropóloga enfatiza que, para los incas, y “en general para los pueblos andinos”, la muerte tenía un significado totalmente distinto al que se entiende hoy, pues “no es el fin de la vida, sino un tránsito hacia otro estado, hacia los dioses y el mundo espiritual”. Y agrega: “La Capachoca era una ceremonia en la que se elegían niños, niñas y mujeres jóvenes por su belleza y su perfección. Es decir, eran los más preciado que tenía el Imperio y eran ofrendados a huacas o lugares sagrados y el poder que iban a tener era mucho más importante que el que tendrían vivos".Silva lideró una investigación junto al profesor Domingo C. Salazar-García, de la Universidad de Valencia, en España, donde cursó su doctorado. Es un equipo multidisciplinario de 14 profesionales de distintas áreas, en el que destacan las chilenas Marcela Sepúlveda, arqueóloga; Eugenia Gayó, paleoecóloga; María Luisa Cerón, química e ingeniera y Verónica Catalán, dermatóloga.Hija de un veterinario y una paramédica, Silva recuerda en especial un periodo en el que, a su casa, en los años ochenta, entraron a robar y se llevaron todo, menos los libros. Sin televisor, se abocó a leer las enciclopedias, que las familias de antaño iban adquiriendo por tomos. Se iba directo a las páginas de historia y, cómo no, leía con afán sobre las momias de Egipto. Momia, sin embargo, es un término que, desde que estudió antropología física, ella no se permite usar. “Yo hablo de personas, con mucho respeto. Para mí, momia es objetivarlos”, dice a EL PAÍS. Su oficina en el MNHN, un edificio construido en 1875 al interior del Parque Quinta Normal, está situada a unos pocos metros del lugar donde está el niño del cerro El Plomo, cobijado dentro de una cámara fría, entre los -2°C a -4°C, que permite su conservación. Su tumba fue hallada hace 72 años por los buscadores de minas y tesoros Guillermo Chacón, Luis Gerardo Ríos y Jaime Ríos, aunque era visitada, explica Silva, desde 1929, por lo que se sacaron varios objetos que fueron parte del ritual. Estaba rodeado de un ajuar, hoy cuidadosamente guardado dentro de cajas: unos zapatitos de cuero, un tocado de lana color negro, un penacho de plumas de cóndor, dos pequeñas llamas, entre otros objetos textiles que se conservan intactos.El niño del cerro El Plomo, que el museo tuvo que adquirir en 1954 para poder resguardarlo, desde mediados de los 90 que no es exhibido al público: quienes lo visitan en el MNHN ven una réplica. Silva, sin embargo, es parte de la generación de escolares que sí alcanzó a verlo, cuando tenía unos ocho años. “Quedé impactada. Siempre me ha gustado la muerte, en el sentido en cómo la momificación, y en este caso la preservación [del niño del cerro El Plomo] desafían a la muerte”, dice. “Son cuerpos que, pese a todo el tiempo que ha pasado, que pueden ser miles o millones de años, todavía llegan a nosotros desafiando todos los fenómenos de descomposición cadavérica y de transformación. Ese es el fenómeno que me fascina y es lo que me ocurrió cuando vi al Niño, que parece dormido”.Se reencontró con el Niño cuando era estudiante de la Universidad de Chile, en un voluntariado de tres meses que realizó en el MNHN. Y, muchos años después, lo volvió a ver, pero con otros ojos, en una observación que acabó en la investigación que ha sido difundida por Science Advances y que cambió la historia. La conclusión de que murió por hipotermia fue una hipótesis a la que llegó en 1959 Grete Mostny, entonces jefa del área de Antropología del MNHN debido a que sus dedos y sus uñas, al estar oscurecidas, daban cuenta de necrosis por su permanencia ante el frío extremo en la alta montaña. Mostny también determinó que había sido sedado.Objetos hallados junto al Niño del Cerro El Plomo.Cristóbal VenegasLa antropóloga erónica Silva muestra uno de los objetos hallados.Cristóbal VenegasReplica del craneo del Niño del Cerro El Plomo, realizada en impresión 3D.Cristóbal VenegasVeronica Silva en las instalaciones de investigación del Museo Nacional de Historia Natural, en Santiago, el 23 de julio.Cristóbal VenegasCeremonias de comensalidadLa investigación de Silva arrancó por su curiosidad, “como todas las cosas en la ciencia”, dice la antropóloga, quien en 2016 llegó a trabajar como curadora al MNHN. El Miño se saca pocas veces de la cámara fría, y en una de esas ocasiones, ella se fijó en sus dedos. “Cuando llegué al museo, lo primero que hice fue cuestionar que tenía necrosis. Yo conozco la necrosis, pues además soy antropóloga forense”, cuenta. En 2013, cuando obtuvo una beca para estudiar en el Instituto Max Planck, de Leipzig, en Alemania, había pedido unas muestras del pelo del Niño del cerro El plomo, pues se especializa en estudiar el estatus nutricional y la dieta en poblaciones prehispánicas. El cabello ya estaba resguardado en el MNHN y lo requería para realizar un análisis secuencial de isótopos estables, que permite obtener información del pasado, la dieta y la movilidad y las trayectorias. Eso permitió saber que la peregrinación del Niño, para la Capacoha, fue de nueve meses, y el de las Doncellas, de cinco y tres meses. Un antecedente ocurrió entre 2003 y 2005, cuando el cuerpo completo del Niño fue examinado por otro investigador, Álvaro Sanhueza: concluyó que murió por causas naturales, de un edema cerebral de altura, aunque ya se observaban, dice la antropóloga, algunas aperturas en las suturas craneales. Para Silva, “era raro que un niño de ocho años tuviera esas suturas y eso llamó la atención”. Decidió hacer unas nuevas muestras, y convocó un equipo de distintas disciplinas para hacer análisis dermatológicos e histológicos que no evidenciaron de que tenía lesiones de congelamiento previo a su muerte. También pidió una tomografía computarizada y buscó la fractura craneal hasta que la halló, algo que confirmó la Clínica Alemana de Santiago. El detalle fue tal que se determinó que el golpe. con arma inca (una piedra tallada en forma de estrella) fue en la región frontal izquierda del cráneo. “Era muy evidente”, dice la antropóloga junto a la reproducción del cráneo en 3D que mantiene en su oficina.No es todo lo que halló. Los cambios en su alimentación revelaron también una nueva interpretación de la Capachoca, pues la investigación liderada por Verónica Silva propone que “a medida que estos niños y sus comitivas peregrinaban por los distintos territorios, eran recibidos por las poblaciones locales y alimentados en ceremonias de comensalidad en las se intercambiaban alimentos y bebidas a través de la reciprocidad”. Y agrega: “Con esto, el inca hacía una utilización biopolítica de los cuerpos en que los elegidos no solo eran transfomados en divinidades, sino que, a lo largo del trayecto, también realizaban una conquista espiritual”.