La lechuga comparte con el tomate o la zanahoria una circunstancia que a menudo se pasa por alto y es que crece en contacto directo con la tierra. Ese detalle, tan simple, es el motivo por el que exige más cuidado del que solemos darle antes de acabar en el bol de la ensalada. Pero además de la higiene, hay otra variable que cambia por completo las reglas del juego, ya que no todas las lechugas se comportan igual. Una romana aguanta en el cajón de la nevera bastante más que una trocadero, y una iceberg envasada en bolsa sigue una lógica distinta a la de una pieza entera recién comprada en la verdulería. Repasamos cuatro trucos y cómo se aplican a cada variedad para elegir bien y alargar la vida útil de las hojas.

Elige según la variedad, no solo por el aspecto

El criterio general vale para cualquier lechuga, ya que las hojas deben verse tersas, con un color vivo —verde o morado, según el tipo— y sin arrugas, manchas oscuras ni zonas mustias. En las piezas enteras no es grave que alguna hoja exterior tenga un golpe, siempre que el resto del ejemplar esté en buen estado; de hecho, esas hojas más verdes y exteriores, aunque sean las que solemos descartar por menos vistosas, concentran más vitaminas que las blancas del corazón.