La hoja verde brilla en todo su esplendor cuando se prepara como en Grecia: con una vinagreta sencilla pero justa, eneldo, cebolla tierna, pepino y queso feta
La lechuga se percibe como un vegetal aburrido; probablemente uno de los más aburridos del mercado. No tiene la contundencia del tomate, ni la personalidad gourmet de la rúcula, ni el punto elegante de los brotes: suele limitarse a poner volumen y algo de frescor en el plato, poco más.
Pero cuando se prepara como en Grecia, la cosa cambia. Convertida en maroulosalata –marouli significa lechuga–, deja de ser relleno y pasa a tener el protagonismo. Aquí no se esconde bajo salsas pesadas ni compite con otros ingredientes: se corta muy fina, se mezcla con eneldo fresco, cebolla tierna y pepino crujiente, y se remata con feta que aporta salinidad y textura.
La clave está en el equilibrio. Una vinagreta sencilla de aceite de oliva, vinagre de manzana o limón y media cucharadita de mostaza liga el conjunto y le da carácter sin eclipsar lo demás. El resultado es una ensalada fresca, aromática y sorprendentemente sabrosa; ligera, pero no sabe a “comida de dieta”. Tiene frescor, textura y el punto justo de acidez y sal que la hacen interesante. Y confirma que, bien tratada y mejor aliñada, hasta la lechuga puede tener personalidad propia.






