Las cuestiones más inmediatas se mezclan con el indeciso trasiego de información de lo que de verdad importa. “Está la cosa mal. Me han dicho que van a desalojar más pueblos”, comenta una mujer mientras hace cola y espera turno para comer. En el menú, purés, macarrones, caldo, lasaña e incluso paella: lo que han ido acercando vecinos y dueños de bares y restaurantes de la zona. Pero la principal preocupación es otra.

En el polideportivo de La Chopera, en el municipio madrileño de Villamanta, al suroeste de la capital, cientos de personas se mantienen en una angustiosa espera, mientras tratan de averiguar la última hora de la razón que los obliga a permanecer en el lugar, que no es otra que una tormenta perfecta de incendios que, tras extenderse por Ávila y Madrid, ha obligado a desalojar de sus casas a más 20.000 personas. Tras recibir un Es-Alert en la tarde de ayer, miles de ellas, oriundas de localidades cercanas, como Aldea del Fresno, fueron a parar a un recinto que en la madrugada del jueves al viernes se las vio y se las deseó para albergar tanta gente, tantas historias y tantas necesidades.

A eso de las 14.00 del viernes, sin embargo, la historia ya era otra. Los familiares de algunos de los vecinos más vulnerables han acudido a por ellas, y muchos de los que quedan han optado por pasar el día en el pueblo o en la cercana piscina. El resultado es que, al menos durante la tarde, los profesionales están dando abasto. Las literas que la Unidad Militar de Emergencias (UME) ha montado en el centro del polideportivo ejercen de recordatorio de que no siempre ha sido así.