En cada cama inflable, rincón de suelo, colchoneta, litera o mesa, una batalla. Pero la lucha es desigual. A un lado, el agotamiento físico y mental que produce llevar dos días fuera de casa; al otro, la preocupación y el desasosiego que genera la incertidumbre de no saber qué va a pasar con sus casas, con sus pertenencias y con sus vidas. El resultado es que en el polideportivo de Villamanta, que ha dado cobijo, según cálculos de Protección Civil, a 130 de los más de 60.000 desplazados que han provocado ya los fuegos de Madrid y Ávila, casi nadie ha pegado ojo.
A eso de las 6 de la mañana, un fuerte olor a humo lo inunda todo, como si alguien hubiese encendido una inmensa fogata en mitad del recinto. Pasadas las tres de la mañana, Protección Civil se ha visto obligada a cerrar la puerta del polideportivo, lo que no ha evitado que el pueblo entero se levante con carraspera: un recordatorio de que la pesadilla no ha acabado. Desde primera hora de la mañana, las autoridades recomiendan el uso de mascarillas. Las luces permanecen apagadas en La Chopera desde unos pocos minutos antes de la medianoche, pero los flexos de las gradas y, sobre todo, la luz azul de la pantalla de los móviles lo iluminan casi todo.













