Noche roja en Cebreros (Ávila, 3.400 habitantes). Rojas las mantas de la Cruz Roja que envuelven a los desplazados, o a los voluntarios frioleros, en el polideportivo municipal que alberga a los vecinos de El Tiemblo (4.600 habitantes) que han preferido dormir allí que volver al pueblo. Rojo el refulgir del arco de fuego alrededor del municipio en forma de frentes, flancos y lenguas amenazadoras que se comentan tomando la ansiada fresca: por fin bajan un poco las temperaturas nocturnas, esencial para intentar contener el horror que se les cierne desde el miércoles. Roja la luna, cubierta por humos que tardarán días, o tornados, en esfumarse. Las luces de las sirenas de los vehículos de bomberos intentan competir en una noche oscura y tensa, con vientos contenidos, ventanas de oportunidad para los agotados bomberos. Va para largo.Local 19. Visitante 41. El marcador electrónico del polideportivo abulense, con una enorme cebra en el escudo, marca la hora y no el resultado: queda mucho todavía para la victoria contra el incendio iniciado en Burgohondo hace ya tres días y totalmente indómito, con miles de hectáreas liquidadas. Hay una cadena de montaje engrasada junto a varias mesas de merienda y rodeada por un sinfín de viandas: embutido, sandías, agua, refrescos, café, pan, leche, golosinas, tomates, queso, macarrones, ensalada de pasta, paelleras. Varias voluntarias cortan barras y las rellenan generosamente para dar de comer al hambriento, de múltiples perfiles, toda la tarde: brigadistas, guardias civiles, policías locales, miembros de Protección Civil, periodistas y paisanos, sobre todo paisanos. Hay niños y mayores, abuelos y nietos, adolescentes dando vueltas. Se viven momentos de tensión porque las rachas esparcen los focos aquí y allá y de repente, al asomarse al campo de fútbol contiguo, se ve un nuevo mecherazo. Un vecino murmulla: “Estamos jodidos”. Otro se queja: “Me han desaparecido dos borregas”. A cada rato llegan distintas noticias en el puzle incompleto de extinguir un incendio: se abre una carretera, se cierra la otra, se confina tal localidad, se evacúa la otra, aquella se despeja y la población puede regresar. La gente prefiere no dar nombres ni grandes discursos mientras se entretiene con el móvil, charlando o digiriendo la tristeza de ver todo arder. Las mascotas se entretienen más: hay perros de todos los tamaños y actitudes, gatos comodones en las tumbonas, mininos que caben en la palma de la mano y hasta pájaros cantores enmudecidos por el caos. Se oye el zumbido del helicóptero cargando agua en la piscina y poco a poco muchas personas se van yendo. Hay varias estrategias: a los abundantes madrileños los emplazan a irse a la capital para no sobrecargar los recursos, a los de El Tiemblo les sugieren o quedarse o volver a sus casas pero confinarse en ellas. Los mayores optan por hacer noche aquí, por si acaso.21.08. Parece que el tiempo no avanza. Más sillas salen al exterior del pabellón para analizar si este chispazo es fortuito o una quema controlada de los bomberos diseminados por los alrededores. El viento regala un inesperado frescor combinado con los aspersores del césped contiguo al polideportivo. Ojalá los hubiera en el monte, allí con una orografía tan compleja, con cumbres a cuyo sur el incendio intenta fusionarse con su gigante homólogo madrileño, fruto de tres fuegos distintos. El enorme desafío será impedirlo y muchos espectadores no pueden sino observar con impotencia: bastante han tenido con tender mangueras y pasar desbrozadoras durante la tarde, cuando las pavesas ardientes amagaban con chamuscar Cebreros. Luego se quedarán por las calles, impotentes.22.29. Los confinados observan al enésimo coche de bomberos zumbar ante esta puerta que durante la tarde presencia lágrimas cuando no hay noticias de un ser querido, sonrisas cuando este responde al teléfono, abrazos cuando viene en persona. Los brigadistas se dirigen al cementerio y más abajo aplican quemas controladas. “Es una ventana de oportunidad”, celebra un bombero, antorcha en mano, para aplicar fuego técnico y controlar este paraje ahora que no hay viento y mucho menos calor. Lo malo, que los parajes descontrolados son incontables. Otros bomberos responden por WhatsApp un sucinto “horrible” cuando se les pregunta por cómo anda la cosa en sus sectores, con varios pueblos cercados.2.20. Ronquidos, ronquidos de todo tipo, quizá agravados por tanta ceniza tragada estos días. Un estruendo responde al otro entre pitiditos de un móvil en sonido u otro que escupe el sonido de motosierras en un vídeo que contempla un insomne. Hay unos 30 durmientes, o al menos tumbados. Las jóvenes de Protección Civil que llevan todo el día deslomándose nutren con una sonrisa a una nueva cuadrilla que viene a por alpiste antes de regresar a la guerra: “Refrescos, agua y bocatas”. ¡Listo! Un bombero pide asistencia sanitaria con una leve pero molesta herida. El trajín no perturba a los dormidos ni a sus mascotas, fieles, a sus pies. Alguno, si acaso, se da un garbeo antes de volver a la horizontalidad. Desde una puerta lateral se ven las llamas. Al lado, un señor duerme sentado dentro de la portería. Gol de la extenuación. Los locales animan a quien tiene techo en Cebreros a irse a descansar, que serán más productivos mañana con un puñado de horas de sueño.2.49. Tumbarse en la camilla de campaña ofrece más comodidad que la aparentada. A poco. La cama temblequea con cualquier movimiento y solo cabe confiar en sucumbir pronto. Antes de cerrar el ojo, una última vuelta. También hay lugar para el amor cuando te confinan en un polideportivo de Ávila: una mujer envuelta en la manta reposa sobre el hombro de su amado, que apoya su cabeza en la pared, sentados en sendas sillas. Otra pareja duerme en dos camillas separadas pero ha entrelazado las manos antes de sucumbir al desgaste mental y físico de un incendio forestal y emocional.
Noche roja en Cebreros: “Estamos jodidos, se ha quemado prácticamente todo el pueblo por los cuatro costados”
Los vecinos evacuados esperan buenas noticias del incendio de Ávila que desafía a los bomberos














