Hoy, su pequeño local es una de las huecas más buscadas por quienes acuden al sector de la Bahía. Publicidad24 de julio, 2026 - 06h31El aroma a verde y a maní se percibe desde que se ingresa al cuadrante de la Bahía que colinda con las calles Olmedo y Malecón. En medio del bullicio, tres mujeres ocupan un pequeño espacio en el que pregonan —al igual que los comerciantes de electrodomésticos— su platillo: el bollo. “Papito, venga, le pongo cocolón, limoncito y maní”, “Venga pruebe el rico bollo de pescado con maní” vocean a quienes buscan comerse uno de estos bocadillos al paso. Ellas son el enganche del negocio de Vicky Ayoví, quien tiene un local en la planta alta de uno de los edificios del sector. En medio de la gente, ellas se encargan de decirles a los clientes que levanten la mirada y observen el ‘pequeño balcón de los bollos de la Bahía’. PublicidadSuben las escaleras del Centro Comercial La Unión y encuentran a Vicky, una mujer de 46 años que recibe a cada cliente desde hace más de 10 años con la misma calidez. Su local queda en un tercer piso que tiene un balcón desde donde se puede observar la avenida Malecón, el Malecón Simón Bolívar y el río Guayas. Para ella, el secreto nunca ha sido únicamente la sazón. “Al guayaquileño le gusta que lo engrían”, dice mientras envuelve los bollos en hojas de verde y les coloca la salsa de maní. Hace trece años arrancó con el negocio. Había perdido su empleo, tenía un hijo estudiando en un colegio particular, pagaba arriendo y tenía deudas. PublicidadPublicidadLa respuesta a todos esos problemas llegó donde siempre habían estado sus raíces. Al crecer junto a sus tíos esmeraldeños aprendió de la gastronomía de esa localidad, ellos sacaron adelante a la familia vendiendo bollos. Con esa herencia culinaria y la ayuda de su padrino, que preparó la primera masa, salió a vender 30 bollos elaborados en la cocina de su casa en la cooperativa Unión Bananera, en el Guasmo sur. Ayoví recuerda claramente que la primera mañana que salió a vender ocupó una esquina de la Bahía sin imaginar que ese pequeño emprendimiento terminaría convirtiéndose en el sustento de al menos una decena de familias que ahora trabajan con ella.En los primeros días de trabajo, las manos se llenaron de raspones por tanto pelar y rallar racimos de verde. Ahora ya solo quedan sus ‘heridas de guerra’ en las manos, pues se ayuda a diario de una máquina que procesa el plátano verde. Cuando Vicky llegó al sector de la Bahía apenas existían tres vendedores de bollos. Hoy calcula que son cerca de diez. Aunque el plato tiene origen esmeraldeño, está convencida de que Guayaquil terminó adoptándolo como suyo. Hasta su balcón llegan personas de distintos sectores de Guayaquil, pero también visitantes de Santo Domingo, Quito, Perú e incluso clientes que cada año compran bollos para llevarlos congelados a Estados Unidos. PublicidadEl menú también ha crecido con los años. Al tradicional bollo de pescado se suman versiones con camarón, concha, calamar y combinaciones bautizadas con nombres tan llamativos como “el trifásico”, “el volcán” o el “bollo malcriado”Según Vicky, hay algo que nunca cambia: la manera de comerlo. “El guayaquileño pide full limón, bastante cocolón y maní”, asegura.El pequeño balcón de su local también se convirtió en parte del atractivo. Desde allí se observa el movimiento del río Guayas y el ir y venir de quienes recorren el Malecón. Muchos llegan con la intención de comprar un bollo para llevar, pero terminan quedándose unos minutos. “Cuando les digo que arriba hay vista al río, suben. Después ya regresan buscando el bollo del balcón”, cuenta.Para Vicky, el guayaquileño tiene una relación especial con las huecas tradicionales, esos pequeños locales donde la comida se mezcla con la conversación y el trato cercano. “Aquí la gente quiere que la atiendan bonito, que le conversen, que le sirvan con cariño. El ecuatoriano no escatima cuando se trata de comer rico”, afirma. Por eso no duda cuando asegura que el bollo ya puede sentarse a la misma mesa que el encebollado como uno de los platos favoritos de la ciudad.Sus nietos y las diez familias que dependen de este negocio le alimentan el entusiasmo de todos los días recibir a sus clientes. “Hay días que me siento cansada, pero pienso que si cierro alguien se queda sin trabajo”, confiesa.Para Vicky, quien se considera una guayaquileña ‘madera de guerrero’, Guayaquil es una ciudad que tiene una identidad marcada con su gastronomía, con sus huecas y sus sabores de casa en sitios pequeños, casi escondidos como la Bahía. “El bollo terminó conquistando el paladar de los guayacos y que acompañado de cocolón ya es una parte de la esencia guayaquileña”, relata.
‘Al guayaquileño le gusta que lo engrían’: Vicky Ayoví enamora a los guayaquileños con la sazón de su bollo de mariscos en la Bahía
Hoy, su pequeño local es una de las huecas más buscadas por quienes acuden al sector de la Bahía.







